LA PAZ, 23 mar (El Libre Observador) — Cada 23 de marzo, Bolivia detiene el pulso de su política cotidiana para mirar hacia el mar que ya no tiene. La conmemoración del Día del Mar, marcada por desfiles, discursos y símbolos, volvió este lunes a ser un escenario de afirmación nacional, pero también de redefinición diplomática en un contexto regional cambiante.
Desde Puerto Quijarro en el departamento de Santa Cruz, en la frontera oriental del país, el presidente Rodrigo Paz eligió un tono que mezcló memoria histórica y pragmatismo político.
Frente al reciente endurecimiento de la política fronteriza chilena, sintetizado en la apertura de zanjas para frenar la migración irregular, el mandatario boliviano respondió con una frase que busca marcar contraste y, a la vez, evitar la confrontación directa: “Nosotros no hacemos zanjas, nosotros hacemos puentes de la integración”.
El mensaje no es menor. Llega en un momento en que Chile, bajo la presidencia de José Antonio Kast, impulsa el denominado “Plan Escudo Fronterizo”, una estrategia que refleja el giro hacia políticas más restrictivas en América Latina frente al aumento de los flujos migratorios. Desde el desierto de Atacama hasta la frontera con Perú, la seguridad territorial se ha convertido en prioridad, tensionando relaciones históricamente complejas.
Para Bolivia, sin embargo, la frontera con Chile no es solo un límite geográfico: es la cicatriz abierta de la Guerra del Pacífico de 1879, cuando perdió su acceso soberano al océano. Más de un siglo después, la demanda marítima sigue siendo uno de los pilares de su identidad política y diplomática, pese a que en 2018 la Corte Internacional de Justicia de La Haya determinó que Chile no tiene la obligación legal de negociar una salida al mar.

“Chile nos hizo daño, diga lo que se diga, pero siempre el futuro es mejor”, dijo Paz, en una frase que encapsula el delicado equilibrio entre memoria y reconciliación. La afirmación evita el tono confrontativo de otros momentos históricos, pero no diluye el reclamo: “La reivindicación marítima no se olvida, siempre estará presente”.
El giro discursivo del presidente boliviano apunta a un escenario más amplio que el bilateral. En un continente atravesado por tensiones migratorias, cambios políticos y nuevas alianzas económicas, Paz situó la integración regional como eje estratégico. “Si somos capaces de desarrollar la economía, la economía va a abrir todas las puertas necesarias para volver a nuestro Pacífico”, afirmó, sugiriendo que el acceso al mar podría reconfigurarse no solo como una disputa territorial, sino como un proyecto de interconexión económica.
En esa línea, mencionó los vínculos con Brasil y Paraguay como parte de una arquitectura regional en construcción, donde corredores logísticos, hidrovías y mercados compartidos podrían redefinir el lugar de Bolivia en el mapa sudamericano. La apuesta, implícita, es desplazar el conflicto hacia una lógica de beneficios mutuos.
Pero la historia pesa. En la memoria colectiva boliviana, el 23 de marzo está asociado a la figura de Eduardo Abaroa, el héroe que murió defendiendo Calama frente al avance chileno. Paz lo evocó no como símbolo de confrontación, sino de resistencia transformada: “Nos enseñó a no rendirnos, pero que no sea con odio (…) debe ser con amor, compromiso con la patria y con inteligencia”.
Ese matiz refleja una evolución en el discurso político boliviano, que en años recientes ha oscilado entre la judicialización internacional de su demanda marítima y la búsqueda de soluciones pragmáticas. La tensión entre ambos enfoques sigue sin resolverse, pero el contexto regional parece empujar hacia una relectura.
Mientras Chile refuerza sus fronteras físicas, Bolivia intenta construir puentes simbólicos y económicos. Entre zanjas y puentes, la metáfora resume más que una diferencia de políticas: revela dos formas de entender el presente en una región donde la historia, lejos de quedar atrás, sigue moldeando el futuro.

