LA PAZ, 13 ago (El Libre Observador) — La cifra parece contenida, casi discreta de 74,2 millones de dólares más en siete meses, cuando se prevé un crédito para los próximos meses de más de 5.000 millones de dólares. Pero detrás de ese incremento se esconde una pregunta mucho más grande para Bolivia, ¿hasta dónde puede seguir recurriendo el Estado al endeudamiento externo mientras intenta salir de una crisis marcada por la falta de liquidez, el déficit fiscal y la necesidad de dólares?
Al 31 de julio, la deuda externa pública de mediano y largo plazo llegó a 14.238,5 millones de dólares, según el Banco Central de Bolivia (BCB). Es un 0,52 por ciento más que los 14.164,3 millones registrados al cierre de 2025.
No es un salto explosivo. Tampoco una reducción. Es, sobre todo, la confirmación de que el endeudamiento externo boliviano continúa por encima del nivel con el que comenzó el año, incluso después de haber retrocedido desde el máximo de 14.357,7 millones registrado a finales de junio.
La fotografía cambia cuando se mira la estructura de esa deuda. Siete de cada diez dólares que Bolivia debe al exterior están en manos de organismos multilaterales. Son 10.072,7 millones de dólares, el 70,7 por ciento del total. El Banco Interamericano de Desarrollo (BID), la CAF y el Banco Mundial son los grandes protagonistas de esta relación financiera.
El BID es el principal acreedor, con 4.370,9 millones de dólares, equivalente al 30,7 por ciento de toda la deuda externa pública. La CAF acumula 3.257,3 millones y el Banco Mundial otros 1.719,2 millones. Entre los tres concentran una parte sustancial del financiamiento que Bolivia ha necesitado para sostener proyectos y compromisos públicos.
Hay otro dato que ayuda a entender el momento. Bolivia mantiene 2.286,9 millones de dólares en títulos de deuda, el 16,1 por ciento del total, mientras que la deuda bilateral alcanza 1.826,2 millones, equivalente al 12,8 por ciento. Los acreedores privados apenas representan el 0,4 por ciento.
En el capítulo bilateral, China continúa siendo el principal acreedor, con 1.013,5 millones de dólares, seguida por Francia, con 657,9 millones, y Alemania, con 91,4 millones.

La paradoja está en que Bolivia necesita crédito precisamente cuando el acceso a recursos propios se ha vuelto más difícil. El Estado necesita financiar inversión, atender obligaciones y sostener su funcionamiento, pero al mismo tiempo debe recuperar ingresos y fortalecer sus reservas para reducir la presión sobre sus finanzas.
Por eso, los 14.238,5 millones de dólares no son simplemente una cifra contable. Son la fotografía de un país que continúa buscando financiamiento externo mientras intenta reconstruir su capacidad económica.
El aumento de la deuda es pequeño en términos porcentuales, pero adquiere otra dimensión cuando se coloca junto a la necesidad de divisas y al costo futuro de cada nuevo préstamo. El problema no es únicamente cuánto se debe, sino qué capacidad tendrá Bolivia para generar los ingresos necesarios para pagar lo que hoy pide prestado.
La deuda, además, no desaparece cuando llega el dinero. Se transforma en pagos futuros, intereses y compromisos presupuestarios. Y cuanto mayor sea la dependencia del financiamiento externo, mayor será también la necesidad de que esos recursos produzcan crecimiento, exportaciones, empleo y nuevas fuentes de ingresos.
Bolivia se encuentra así ante una encrucijada silenciosa. La deuda no se ha disparado en los primeros siete meses de 2026, pero tampoco ha comenzado a bajar. Crece lentamente mientras el país intenta recuperar el oxígeno financiero que perdió durante los últimos años.
La verdadera prueba para el Gobierno de Rodrigo Paz no será, por tanto, conseguir un nuevo crédito. Será conseguir que el próximo préstamo contribuya a que el Estado necesite menos préstamos.
Porque la deuda puede comprar tiempo. Lo que no puede comprar indefinidamente es una solución.

