LA PAZ, 16 abr (El Libre Observador) — En marzo, Bolivia hizo algo que durante años había sido una promesa implícita de estabilidad: honrar su deuda externa sin titubeos. Pero el gesto, celebrado por el Gobierno como una señal de solvencia, dejó al descubierto una tensión más profunda. El país pagó, sí, pero lo hizo a costa de su colchón más sensible como son las reservas internacionales.
El Banco Central de Bolivia (BCB) confirmó que las Reservas Internacionales Netas (RIN) cayeron un 4,6 % en el primer trimestre de 2026, una reducción de 170,4 millones de dólares que condensa, en cifras, el costo de esa decisión. Detrás del dato hay una historia más amplia: la de una economía que navega entre la disciplina financiera y la fragilidad de su liquidez externa.
El punto de inflexión fue marzo. En un solo mes, el Estado desembolsó más de 500 millones de dólares para cumplir compromisos internacionales, el mayor pago de deuda en la historia reciente del país. La operación fue presentada como un acto de responsabilidad y orden fiscal. Pero el efecto fue inmediato: las divisas disponibles se redujeron de más de 400 millones de dólares en febrero a apenas 52 millones a mediados de ese mes, una contracción que encendió alertas en los mercados y entre analistas.
“El mayor pago de deuda externa que Bolivia ha enfrentado en su historia se hizo ordenando la casa”, aseguró el ministro de Economía, Gabriel Espinoza. Su mensaje apunta a un objetivo claro: sostener la credibilidad internacional en un momento en que el acceso al financiamiento externo es más incierto y selectivo.
Sin embargo, el equilibrio es delicado. Mientras las reservas monetarias se erosionaban, con una caída de 356,5 millones de dólares en el trimestre, otro activo avanzaba en sentido contrario: el oro. Las reservas en este metal crecieron en 329,8 millones de dólares, impulsadas tanto por compras internas como por su cotización internacional, elevada en medio de la incertidumbre global. En un mundo de tensiones geopolíticas y desaceleración económica, el oro volvió a cumplir su viejo papel de refugio.

El informe del banco central traza ese telón de fondo: un escenario internacional marcado por presiones inflacionarias persistentes, un dólar fortalecido y conflictos en regiones estratégicas como Medio Oriente. En ese contexto, la gestión de reservas se vuelve un ejercicio de equilibrio entre liquidez inmediata y preservación de valor.
Pero los números revelan que la tensión no es solo externa. Las tenencias de Derechos Especiales de Giro (DEG) también disminuyeron, afectadas por pagos de intereses al Fondo Monetario Internacional y variaciones cambiarias, lo que añade presión a una estructura de reservas cada vez más ajustada.
El Gobierno insiste en que la fotografía no está completa sin mirar el otro lado del balance. Según el Ministerio de Economía, en paralelo al pago de obligaciones, Bolivia logró reducir en más de 800 millones de dólares su deuda en bonos soberanos, en una operación que, asegura, fue bien recibida por inversores y calificadoras. La narrativa oficial es clara: menos deuda, más credibilidad.
Sin embargo, la pregunta que queda suspendida es cuánto margen tiene el país para sostener esa estrategia sin comprometer su estabilidad externa. Las reservas no solo son un indicador contable; son, sobre todo, una señal de respaldo frente a crisis, un seguro frente a shocks imprevistos.
De cara al segundo trimestre, el propio banco central reconoce que el horizonte sigue cargado de incertidumbre. El dólar podría mantenerse fuerte, el oro volátil pero alto, y los mercados financieros atentos a cada movimiento de las economías emergentes.
En ese tablero, Bolivia parece haber optado por enviar una señal clara hacia afuera, cumplir, pagar, ordenar, aun si eso implica tensar sus equilibrios internos. La decisión no es menor: en tiempos de incertidumbre global, la confianza se construye con hechos, pero también se mide en reservas.

