LA PAZ, 26 jun (El Libre Observador) — A mediados de 2024, cuando las largas filas en las casas de cambio comenzaron a multiplicarse y el dólar paralelo empezó a cotizarse muy por encima del tipo oficial, las autoridades bolivianas aseguraban que todo estaba bajo control. Un año después, el presidente Luis Arce, un economista formado en las aulas de la UMSA y en las trincheras del Ministerio de Economía, ha reconocido este jueves lo que muchos ciudadanos ya intuían: Bolivia vive al día con los dólares.
“Todos los dólares que tenemos son para combustibles y para pagar la deuda externa. No nos queda como para enfrentar el mercado cambiario”, confesó Arce este miércoles en una entrevista con el programa Fama, Poder y Ganas, en una de las declaraciones más crudas y reveladoras de su gestión.
Las palabras no cayeron en saco roto. Reflejan una realidad financiera alarmante, en la que las reservas internacionales se agotan, los créditos externos están paralizados en el Congreso, y los compromisos de deuda y subsidios energéticos consumen lo poco que queda.
En el trasfondo, una economía golpeada por el descenso de la producción de gas —motor histórico del país— y un sistema político fragmentado que impide tomar decisiones estructurales.

UNA ECONOMÍA CADA VEZ MÁS DEPENDIENTE
Desde el auge gasífero de la primera década de los 2000, Bolivia construyó un modelo económico basado en las exportaciones de hidrocarburos y minerales, complementado con un agresivo programa de inversión pública y subsidios internos.
Durante el boom de los commodities, esa estrategia funcionó. El país creció, redujo pobreza y acumuló reservas internacionales que llegaron a superar los 15.000 millones de dólares en 2014.
Pero ese ciclo se agotó. La producción de gas natural —principal fuente de divisas— cayó más de un 40% en la última década, mientras los precios internacionales se estabilizaron en niveles más bajos. La apuesta por la sustitución de importaciones, la industrialización del litio y la ampliación del aparato productivo no ha dado aún los resultados esperados.
Hoy, el país importa más combustibles de los que exporta en gas, y gasta más en subsidios energéticos que lo que ingresa por ventas al exterior. Esa balanza negativa se ha convertido en un agujero negro para las reservas. Según datos oficiales, el 75% de las divisas que entran al país se destinan a importaciones de diésel y gasolina, además del servicio de la deuda externa, lo que deja escaso margen para alimentar la oferta de dólares al sector privado o sostener el tipo de cambio oficial.

EL DILEMA DEL TIPO DE CAMBIO FIJO
Desde 2011, el dólar oficial en Bolivia permanece congelado en 6,96 bolivianos para la venta. Este tipo de cambio fijo, pensado para garantizar estabilidad y controlar la inflación, se ha convertido en un ancla difícil de sostener. Mientras tanto, el dólar paralelo ya supera los 16 bolivianos y la escasez de divisas ha generado incertidumbre entre importadores, ahorristas y empresarios.
El propio presidente Arce admitió que “el dólar ya no va a volver a 6,97”, anticipando un ajuste que, aunque necesario, podría tener costos sociales y políticos elevados. Sin reservas suficientes —advirtió— no se puede ejecutar una devaluación “quirúrgica”.
Esa vulnerabilidad cambiaria se produce en medio de un contexto global adverso: altas tasas de interés internacionales, encarecimiento de importaciones, caída de remesas y menores flujos de inversión extranjera.

BLOQUEO POLÍTICO Y CRISIS DE GOBERNABILIDAD
Sin embargo, Arce no culpa solamente a la economía global. Apunta directamente a la parálisis política interna, provocada por la fragmentación de la Asamblea Legislativa Plurinacional. En ella, su partido, el Movimiento al Socialismo (MAS), se encuentra dividido entre los leales al presidente y los que responden al expresidente Evo Morales.
El mandatario aseguró que, si se hubieran aprobado a tiempo los 1.800 millones de dólares en créditos externos pendientes, la situación sería distinta. Pero ahora —añade— “esos recursos llegarían tarde y de forma parcial”.
El bloqueo político, según el Gobierno, ha sido capitalizado tanto por la oposición como por el “evismo”, lo que ha asfixiado la gestión económica. A ello se suman protestas sociales, conflictos en regiones productivas, demandas salariales crecientes y descontento en sectores populares.
Arce advirtió que si no se destraba esta situación, “puede haber convulsión social”, lo que paradójicamente beneficiaría a Morales, a quien el presidente considera su rival más peligroso.

UN SISTEMA INSTITUCIONAL BAJO PRESIÓN
Más allá de las cifras, lo que se vive en Bolivia es una crisis de modelo institucional y económico. El país parece estancado entre lo que fue —el auge de los años dorados del gas— y lo que aún no termina de ser: un nuevo modelo productivo que diversifique ingresos, exportaciones y reduzca la dependencia de los hidrocarburos.
Las tensiones al interior del MAS han derivado en una crisis de liderazgo, donde ni Arce ni Morales parecen dispuestos a ceder.
Mientras tanto, el país enfrenta un escenario de “sobrevivencia financiera”, donde se paga la deuda con esfuerzo, se garantiza el combustible con reservas menguantes, pero se posterga el debate más profundo: ¿qué economía quiere Bolivia para la próxima década?
En las calles de las ciudades bolivianas, el debate sobre el dólar ya no es solo de técnicos. Lo discuten comerciantes, transportistas, médicos y jóvenes profesionales. La estabilidad de la moneda es el último símbolo de un orden económico que cruje. Y, como suele suceder, cuando la política se traba, la economía pasa la factura.

