LA PAZ, 16 jun (El Libre Observador) — Durante años, Bolivia fue presentada como una de las economías más estables de Sudamérica. Sus reservas internacionales superaban los 15.000 millones de dólares, el crecimiento económico figuraba entre los más altos de la región y el endeudamiento externo se mantenía bajo control. Hoy, ese paisaje parece cada vez más lejano.
La deuda externa pública boliviana alcanzó los 14.418 millones de dólares al cierre de mayo, casi 1.000 millones más que dos meses antes, según cifras divulgadas por el Banco Central de Bolivia (BCB).
El dato, que en cualquier otro contexto podría interpretarse como una herramienta de financiamiento para impulsar inversiones, adquiere una dimensión distinta en un país golpeado por la escasez de divisas, el deterioro de las reservas internacionales y una crisis política que ya supera las seis semanas de bloqueos y protestas.
El aumento de 988 millones de dólares entre marzo y mayo refleja la creciente dependencia del financiamiento externo para sostener una economía que lucha por mantener el equilibrio. Más que una cifra contable, el salto revela el desafío de un Estado que busca recursos en el exterior mientras enfrenta una disminución de su capacidad para generar dólares dentro de sus fronteras.
Los números muestran dónde se concentra esa dependencia. De los más de 14.400 millones de dólares adeudados, alrededor del 70% corresponde a organismos multilaterales como el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), la Corporación Andina de Fomento (CAF) y el Banco Mundial. Son instituciones que durante décadas financiaron carreteras, hospitales, sistemas de riego y proyectos de desarrollo.
Hoy, sin embargo, también representan la principal obligación financiera de un país que observa cómo se reducen sus márgenes de maniobra.

El incremento de la deuda coincide con una nueva etapa de la estrategia económica impulsada por el presidente Rodrigo Paz. Su Gobierno ya concretó un préstamo de 3.100 millones de dólares con la CAF y negocia otros 4.500 millones con el BID. Además, abrió conversaciones con el Fondo Monetario Internacional (FMI) para acceder a un paquete financiero de 5.000 millones de dólares destinado a proyectos productivos y sociales.
La apuesta oficial es clara: obtener liquidez para sostener la inversión pública, estabilizar sectores estratégicos y evitar un ajuste más severo en medio de la desaceleración económica. Pero la magnitud de los montos también alimenta interrogantes sobre la capacidad futura del país para asumir nuevas obligaciones.
La preocupación de economistas y analistas no se concentra únicamente en cuánto crece la deuda, sino en la velocidad con la que lo hace y en las condiciones económicas que rodean ese proceso.
Bolivia enfrenta una paradoja compleja. Necesita dólares para importar combustibles, sostener programas estatales y financiar inversiones. Pero al mismo tiempo dispone de cada vez menos divisas. Las Reservas Internacionales Netas, que alguna vez fueron uno de los principales escudos de la economía boliviana, se encuentran en niveles históricamente reducidos.
Esa escasez ha comenzado a sentirse en la vida cotidiana. Las largas filas en estaciones de servicio, las dificultades para acceder a dólares en el sistema financiero y el aumento de precios en algunos productos se han convertido en escenas recurrentes en varias ciudades del país.
La situación se agrava por el contexto político. Desde principios de mayo, Bolivia vive una ola de protestas y bloqueos que han interrumpido el transporte de mercancías y provocado pérdidas económicas superiores a los 2.700 millones de dólares, según estimaciones empresariales. Las movilizaciones, nacidas de demandas económicas, derivaron rápidamente en cuestionamientos a la conducción del Gobierno y en pedidos de renuncia del presidente.
En este escenario, los organismos internacionales proyectan una contracción económica del 3,3% para este año, después de que el país ya registrara una caída del 1,58% en 2025.
Para los acreedores multilaterales, Bolivia sigue siendo un socio con acceso al financiamiento internacional. Para el Gobierno, los créditos representan una vía para atravesar la tormenta. Pero para una parte creciente de los analistas, el aumento de la deuda simboliza algo más profundo: el final de una etapa económica basada en la abundancia de divisas y el comienzo de otra marcada por restricciones, incertidumbre y decisiones cada vez más difíciles.
La pregunta ya no es solamente cuánto debe Bolivia. La pregunta es cuánto tiempo podrá seguir financiando su crisis con dinero prestado.

