LA PAZ, 18 ago (El Libre Observador) — La inflación puede haber perdido velocidad, pero el Banco Central de Bolivia (BCB) no da por ganada la batalla. En su primer Reporte de Inflación y Política Monetaria de 2026, el organismo emisor dibuja un escenario en el que los precios todavía pueden recibir nuevos golpes y advierte de que el balance de riesgos para los próximos meses está “sesgado al alza”.
La expresión es técnica, pero detrás de ella hay una preocupación concreta de que la inflación vuelva a encontrar combustible en una economía donde todavía pesan la incertidumbre cambiaria, los problemas de abastecimiento, los costos internacionales y un clima capaz de alterar la producción y el suministro de alimentos.
El diagnóstico llega en un momento particularmente delicado. Bolivia intenta estabilizar su economía después de años de desequilibrios y tras una primera mitad de 2026 marcada por bloqueos de carreteras que paralizaron durante semanas el eje troncal del país. El propio BCB reconoce una economía deteriorada, con diez trimestres de decrecimiento y dos años consecutivos de recesión.
En ese escenario, cualquier movimiento brusco de los precios adquiere una dimensión mayor.
El Banco Central sostiene que durante el primer semestre la inflación mostró una desaceleración significativa frente a los niveles de dos dígitos registrados en 2024 y 2025. Ni siquiera los choques de oferta provocados por los conflictos sociales de mayo y junio, especialmente sobre los alimentos, consiguieron revertir completamente esa trayectoria.
La explicación del organismo está en su política monetaria. El BCB asegura que el endurecimiento de las condiciones financieras permitió contener los llamados efectos de segunda vuelta: evitar que el aumento de determinados productos terminara contaminando de manera generalizada al resto de la economía.

TRANQUILIDAD ES RELATIVA
El propio informe advierte que existen varios caminos por los que una nueva presión puede llegar a los bolsillos. Uno de ellos es el comportamiento del tipo de cambio. Otro, las tasas activas. También están los fletes internacionales, cuyo encarecimiento puede terminar trasladándose al precio de los productos importados.
Dentro del país, el panorama tampoco está despejado. El Banco Central menciona los problemas de abastecimiento, los ajustes todavía incompletos, la resistencia de las expectativas a adaptarse al nuevo escenario y las condiciones climáticas como factores capaces de mantener elevada la presión sobre los precios.
Es una lista que refleja la complejidad del momento: no todos los riesgos pueden combatirse desde la política monetaria.
Por eso el BCB ha decidido mantener el pie sobre el freno. Durante el primer semestre intensificó las Operaciones de Mercado Abierto, endureció las condiciones para los reportos y las ventanillas de liquidez, incrementó el encaje legal y reforzó las reglas sobre la posición de cambios de las entidades financieras.
El resultado, según el organismo, fue una contracción relevante de la Base Monetaria.
Ese dato es central en el nuevo diseño de la política económica boliviana. Desde el 26 de junio, el país opera bajo un régimen de tipo de cambio flexible y el BCB utiliza la Base Monetaria como ancla nominal. El organismo sostiene además que durante 2026 no otorgó nuevos créditos al Sector Público No Financiero que supongan una expansión monetaria.
La apuesta es corregir los desequilibrios monetarios heredados y llevar la inflación hacia una tasa de un dígito en 2027.

EL PROBLEMA ES EL PRECIO
Bolivia necesita contener la inflación, pero también necesita que una economía en recesión vuelva a moverse. Un freno monetario demasiado prolongado puede ayudar a estabilizar los precios, pero también puede limitar el crédito y dificultar la recuperación de la actividad económica.
Ahí aparece la principal tensión del nuevo escenario. El Banco Central intenta cambiar las reglas de una economía que durante años estuvo acostumbrada a otro esquema. El tipo de cambio flexible, la Base Monetaria como ancla y el objetivo de avanzar hacia un régimen de metas de inflación representan una transformación profunda de la política monetaria.
El BCB pretende que ese proceso desemboque en una inflación de un dígito en 2027 y, más adelante, en un esquema formal de metas de inflación. Pero el camino está lleno de variables que no controla completamente.
El clima puede afectar los alimentos. El abastecimiento puede alterar los precios. El mercado cambiario puede transmitir nuevas presiones. Los costos internacionales pueden encarecer las importaciones.
Y mientras esas piezas se mueven, el Banco Central mantiene el freno.
La advertencia del RIPoM tiene, por ello, un significado que va más allá de una previsión técnica que es la desaceleración de la inflación no significa que Bolivia haya salido de la zona de peligro. El país ha conseguido contener parte de la presión, pero todavía debe atravesar un tramo en el que estabilidad de precios y recuperación económica avanzan por caminos estrechos y, en ocasiones, contradictorios.
La batalla contra la inflación continúa. Y el propio BCB acaba de reconocer que, para los próximos meses, el viento sopla en contra.

