LA PAZ, 16 jun (El Libre Observador) — En Bolivia, pocas cosas son tan transversales como la música popular. Suena en las fiestas patronales de los pueblos andinos, en las fraternidades de las entradas folclóricas, en los mercados, en los minibuses, en las discotecas de barrio y también en los salones de eventos de las zonas más acomodadas de las ciudades. Por eso, cuando un músico decide trazar una frontera entre públicos según su condición económica y estatus, la lluvia de reacciones suele ser inmediata.
Eso fue precisamente lo que ocurrió esta semana con Wally Zeballos, vocalista y fundador de PK2, una de las agrupaciones cumbieras conocidas del país. El artista desató una tormenta de críticas digital al afirmar que su propuesta musical no pertenece al género chicha y que su principal audiencia corresponde a sectores de clase media y alta.
Quizá Zeballos pretendía hablar de posicionamiento artístico. Quizá buscaba diferenciar a PK2 de otras expresiones tropicales. Pero en Bolivia las palabras nunca llegan desnudas. Arrastran historias, identidades y sensibilidades. Y cuando se menciona la clase social en una discusión cultural, la conversación deja de ser sobre música para convertirse en algo mucho más profundo.
La reacción en redes sociales fue casi instantánea. Cientos de usuarios cuestionaron no tanto la necesidad de definir un estilo propio, algo legítimo para cualquier artista, sino la idea implícita de que ciertos géneros musicales estarían asociados a determinados estratos económicos.

Para muchos oyentes, el comentario sonó menos a una descripción comercial que a una declaración de jerarquías culturales.
Porque la chicha, más allá de sus variantes y transformaciones, ocupa un lugar especial en la historia popular boliviana. Es la banda sonora de las migraciones internas, de los barrios que crecieron alrededor de las ciudades, de las fiestas familiares y de generaciones enteras que encontraron en esos ritmos una forma de identidad colectiva.
Decir que una propuesta musical se diferencia de la chicha es una discusión artística. Sugerir que esa diferencia está vinculada a las clases sociales es otra cosa.
Los comentarios en son de críticas de parte de los internautas no se dejaron esperar: “¿Clase alta?, no existe cumbierito sin clase”, “seguro hay cumbia de clase baja, se le viene el hate”, “igual eres chojcho y k’asa”, “Hoy dejo de escuchar cumbias de clase alta, pues soy de la baja”, entre otros.
“Cálmate oe”, le dijo a Zeballos la ex integrante de la agrupación, Beby Aponte que en sus redes sociales le recuerda cómo empezaron y que nunca fue compositor de su propia música sino eran copias y reediciones.
Por su parte, el cantante Miguel Orias se refirió al tema en sus redes sociales. “La música es para quien la siente y disfruta. No tiene clases sociales. Es un placer compartirlas con todos ustedes”.

Y ahí reside el núcleo de la polémica. Bolivia es un país donde las fronteras sociales han sido históricamente visibles. También es un país donde la cultura popular ha funcionado muchas veces como un puente entre esos mundos. La música tropical, la cumbia, la chicha e incluso el folclore contemporáneo han logrado algo que la política rara vez consigue: reunir en un mismo espacio a personas de orígenes económicos distintos.
Por eso las declaraciones de Zeballos encontraron resistencia incluso entre quienes reconocen la trayectoria de PK2.
La agrupación lleva décadas formando parte del paisaje musical boliviano. Sus canciones han sonado en fiestas de promoción, matrimonios, carnavales y festivales populares. Difícilmente puede entenderse su éxito sin la masividad de un público que trasciende cualquier clasificación económica.
Paradójicamente, la controversia revela una contradicción frecuente en la industria musical latinoamericana. Muchos artistas buscan diferenciarse de los géneros populares para proyectar una imagen más sofisticada o moderna, pero suelen olvidar que fueron precisamente esos públicos populares los que construyeron las bases de su reconocimiento.
La discusión tampoco es nueva. Durante décadas, distintos géneros musicales han intentado desprenderse de etiquetas asociadas a sectores populares para ganar legitimidad cultural. Le ocurrió a la cumbia en Argentina, al reguetón en Puerto Rico y al vallenato en Colombia. Sin embargo, casi siempre esos intentos terminan chocando con una realidad elemental: la música popular no necesita pedir permiso para ser cultura.
Los defensores de Zeballos argumentan que sus palabras fueron sacadas de contexto y que únicamente pretendía explicar las características particulares de PK2. Es una posibilidad. Pero el problema de las declaraciones públicas no radica únicamente en la intención de quien las pronuncia, sino también en la interpretación que generan.
Y en este caso la interpretación fue clara para miles de usuarios con la sensación de que se estaba estableciendo una distancia entre una música considerada «más refinada» y otra identificada con los sectores populares.
En un momento en que Bolivia debate constantemente sobre identidad, inclusión y representación, la polémica alrededor de PK2 ha terminado convirtiéndose en algo más que una discusión musical.
Es un recordatorio de que la cultura sigue siendo uno de los espejos más sensibles de las desigualdades sociales. Y también de que, en un país donde la música ha servido históricamente para derribar barreras, pocos errores generan tanto ruido como intentar volver a levantarlas.

