LA PAZ, 18 oct (El Libre Observador) — Bolivia llega a las urnas con la economía al límite y el ánimo social dividido. La segunda vuelta presidencial de este domingo 18 de octubre, la primera en la historia reciente del país, no solo definirá al sucesor de Luis Arce sino también el cierre de un largo ciclo político. Tras casi dos décadas de hegemonía del Movimiento al Socialismo (MAS), el país andino amazónico encara un cambio de modelo que prevé virar hacia un liberalismo, en medio de una de sus crisis más profundas en las últimas dos décadas.
El Modelo Económico Social Comunitario Productivo, que sustentó la era del gas y la redistribución, da señales de agotamiento. Con un déficit fiscal que se mantiene desde hace una década, las reservas internacionales en su nivel más bajo en 20 años y una inflación que rompe la estabilidad de la última década, el paradigma estatal que sostuvo la bonanza parece haber llegado a su fin.
“El principal factor que llevó al deterioro del modelo fue la fragmentación interna del MAS”, explica el analista Roberto Marca. “El gobierno de Arce perdió gobernabilidad en el Legislativo y se vio impedido de aprobar medidas para atraer inversiones o acceder a créditos internacionales”.
En este contexto, el país se encamina hacia un giro inevitable a la derecha económica. El exmandatario Jorge “Tuto” Quiroga, de 65 años, encabeza las encuestas con un discurso liberal clásico: equilibrio fiscal, apertura al capital extranjero y reducción del gasto estatal.

En la otra orilla, el centrista Rodrigo Paz, de 58 años, hijo del expresidente Jaime Paz Zamora, propone un liberalismo moderado con rostro social, centrado en la innovación y la participación juvenil.
Ambos coinciden, sin embargo, en una promesa casi imposible: restablecer el abastecimiento de combustibles, normalizar la disponibilidad de dólares y contener la inflación “desde el primer día”. “Son promesas difíciles de cumplir en el corto plazo”, advierte Romano.
El deterioro económico es visible. Desde 2006, el MAS cimentó su legitimidad en un ciclo de prosperidad impulsado por el gas natural. Durante ese periodo, la pobreza extrema cayó del 38% al 12,9% y las reservas internacionales superaron los 14.000 millones de dólares.
Hoy, esa base se desmorona: la producción de gas se redujo a la mitad desde 2019, las importaciones subvencionadas de combustibles presionan el gasto público y la economía boliviana enfrenta un escenario de liquidez frágil y creciente deuda interna.
A ese panorama se suma el desgaste institucional que dejó la crisis política de 2019, con denuncias de fraude electoral, protestas y la renuncia de Evo Morales. Desde entonces, la gobernabilidad se ha vuelto esquiva y la polarización se ha acentuado.
“Sea Paz o Quiroga, el próximo gobierno iniciará la era post-MAS con enormes desafíos y una cuesta arriba inmediata”, afirma el economista y estratega José Ugarte.
El futuro gobierno deberá reconstruir puentes en un Congreso fragmentado, sin mayorías estables, donde cualquier alianza será frágil.
“El riesgo es que las negociaciones deriven en corrupción o paralicen la gestión. Si gana Quiroga, el reto será mayor porque su campaña confrontó a fuerzas con buena representación legislativa”, alerta el experto.
El segundo gran desafío será fiscal. Bolivia mantiene un esquema de subvenciones a los combustibles que drena miles de millones de dólares al año. Reducirlas sería una decisión tan necesaria como impopular. “Tarde o temprano habrá que revisarlas. No hacerlo significará más déficit; hacerlo, podría desatar protestas”, resume el analista.

El país se encuentra así ante una encrucijada: la del agotamiento de su modelo gasífero, el peso insostenible de los subsidios y una economía que exige ajustes urgentes. En este contexto, el litio —presentado como el “nuevo oro blanco”— aparece como promesa de futuro, aunque aún no se traduce en resultados tangibles.
Bolivia vota con la sensación de que el cambio es inevitable. Lo que está por decidirse es si ese cambio será una corrección pragmática del modelo o una ruptura definitiva con la izquierda que dominó su historia reciente. La incertidumbre económica y el viraje político se mezclan en una jornada que marcará el rumbo de la próxima década.

