Por Edson Paz Marín
LA PAZ.- La pasión por el fútbol, la emoción desbordada por el juego, han sido eclipsadas por un vergonzoso espectáculo en las canchas bolivianas. El estadio Hernando Siles de la ciudad de La Paz ha sido testigo de un capítulo indignante, un bochorno repudiable que no puede quedar sin reflexión ni crítica.
El partido final de la primera copa seriada Tigo entre Bolívar y Wilstermann, disputado el 18 de diciembre, dejó una marca reprochable. La vergüenza, el papelón, no son suficientes para describir lo acontecido. Jugadores, técnicos, policías y barras desplegaron un ejemplo de lo que jamás debería repetirse en una cancha bolivianas ni del mundo.
El desencadenante fue un descontrol absoluto al cumplirse los 90 minutos reglamentarios. El caos se desató cuando, tras el gol de Francisco Da Costa, la conducta antideportiva y violenta se apoderó del terreno. El arquero de Wilstermann, Pipo Giménez, protagonizó un acto de ira desmedida al llevarse por delante a un jugador rival, recibiendo la expulsión. Lo que siguió fue un lamentable espectáculo: una lluvia de golpes y patadas hacia el defensor bolivarista Bentaberry por parte de jugadores del Aviador.
Pero el escándalo no se limitó al campo. Las tribunas se convirtieron en un campo de batalla, donde la frustración se tradujo en actos vandálicos. La reacción de los fanáticos visitantes, destrozando butacas y enfrentándose a la policía, es una mancha deplorable en la historia del fútbol boliviano.

Los medios, lejos de promover la objetividad, también jugaron un papel cuestionable. Comentarios parcializados en programas televisivos no hicieron más que alimentar la polarización y desviar la atención de lo verdaderamente relevante: la urgencia de corregir este tipo de comportamientos inaceptables.
Las acciones a corregir son claras:
1. La separación adecuada de las barras bravas para evitar enfrentamientos.
2. La prohibición de provocaciones por parte de los jugadores hacia las barras rivales.
3. La necesidad de una intervención policial adecuada sin recurrir a medidas extremas como el gas lacrimógeno.
4. El rechazo rotundo a actos vandálicos por parte de las barras y jugadores.
5. El cumplimiento estricto de las reglas del fútbol, con sanciones para quienes inciten a la violencia.
6. La responsabilidad de los organizadores en garantizar la seguridad y el orden en los eventos deportivos.
Es imperativo señalar a los responsables y actuar con firmeza. Prevenir estos incidentes requiere una planificación exhaustiva y la capacidad de mantener la calma en situaciones tensas. ¿Están los cuerpos de seguridad lo suficientemente preparados? ¿Qué responsabilidad tienen los organizadores en estos eventos?
Se necesita una acción rápida y enérgica. Sanciones ejemplares deben sentar precedentes claros para evitar tragedias futuras. El deporte, la pasión que une a multitudes, no puede ser mancillado por la violencia y la falta de control. Es hora de desterrar este bochorno de nuestras canchas y recuperar el verdadero espíritu del juego limpio y la camaradería deportiva.

