Por Mariano Espejo
LA PAZ, 20 feb (El Libre Observador) — Las campañas municipales en La Paz y El Alto no se están jugando únicamente en las plazas ni en las redes sociales. Se están disputando en un terreno más complejo: la credibilidad. Las encuestas revelan tendencias, pero también dejan al descubierto una fragilidad estructural del proceso electoral local: el divorcio entre experiencia técnica y respaldo ciudadano.
En La Paz, los números marcan una delantera clara pero no contundente. César Dockweiler, candidato de Innovación Humana, encabeza la intención de voto con 21,6 %. Le siguen Waldo Albarracín con 11,9 % y Óscar Sogliano con 11,7 %. Más atrás aparecen el actual alcalde Iván Arias con 10,8 % y Jhonny Plata con 7,2 %. En posiciones posteriores figuran Francisco Iturralde (6,4 %) y Carlos Palenque (4,6 %), mientras otros aspirantes no superan el 1 %.
Pero el dato más revelador no es quién va primero. Es cuántos aún no han decidido. Blancos, nulos e indecisos configuran un segmento que puede inclinar la balanza. Ese electorado flotante no está cautivado por consignas ni por currículos; está evaluando quién le ofrece soluciones reales y creíbles.
En El Alto ocurre algo similar, aunque con menos claridad en los liderazgos. Figuras como Óscar Huanca —abogado con perfil técnico y conocimiento detallado de la problemática urbana alteña— no logran posicionarse en los primeros lugares. En La Paz, el ingeniero civil Raúl Daza, con experiencia en planificación y gestión de desastres, enfrenta el mismo obstáculo: la solvencia profesional no garantiza adhesión electoral.

Aquí emerge la pregunta incómoda: ¿estamos ante una falla de comunicación o ante una ciudadanía que desconfía de los perfiles técnicos porque los asocia con promesas incumplidas del pasado? Probablemente ambas cosas.
Las ciudades del eje paceño no necesitan discursos grandilocuentes; necesitan gestión. La Paz arrastra problemas estructurales de movilidad, riesgos geológicos y saturación urbana. El Alto enfrenta desafíos de empleo juvenil, seguridad ciudadana y planificación territorial acelerada. Sin embargo, buena parte del debate electoral se ha reducido a slogans emocionales o ataques cruzados.
La política municipal debería ser la más concreta de todas. No se trata de ideologías abstractas, sino de drenajes pluviales que funcionen, transporte que no colapse y barrios que no vivan con miedo. El votante indeciso parece estar esperando algo más que marketing: espera certezas.
El problema de fondo: promesas sin hoja de ruta
La experiencia técnica no conecta cuando no se traduce en narrativa ciudadana. Y el liderazgo en encuestas no se consolida cuando no está acompañado de planes verificables.
La mayoría de los candidatos presenta propuestas generales, pero pocos explican cómo las financiarán, en qué plazos las ejecutarán y qué indicadores medirán su cumplimiento.
Esa ausencia de mecanismos de rendición de cuentas es el gran vacío del debate actual.
¿Qué hacer?
Primero, los candidatos deberían comprometerse públicamente a contratos de gestión con metas trimestrales auditables. No simples planes de gobierno, sino cronogramas con presupuestos detallados y seguimiento ciudadano.
Segundo, urge institucionalizar debates técnicos obligatorios sobre temas clave: movilidad, riesgos, seguridad y empleo. No debates políticos, sino mesas técnicas transmitidas en vivo donde cada aspirante explique con datos y cifras cómo ejecutará sus propuestas.
Tercero, la ciudadanía debe asumir un rol más activo. Las universidades, colegios profesionales y juntas vecinales podrían organizar observatorios independientes que evalúen la viabilidad de los programas.
El voto indeciso no es apatía; es una señal de alerta. Es el síntoma de una ciudadanía que no se deja seducir fácilmente, pero que tampoco encuentra una oferta política plenamente convincente.
Las encuestas muestran liderazgos parciales, no victorias aseguradas. En ciudades dinámicas y exigentes como La Paz y El Alto, el triunfo no dependerá únicamente de la popularidad, sino de la capacidad de demostrar solvencia, empatía y factibilidad.
La elección aún está abierta. Y, paradójicamente, el mayor capital político en disputa no es la experiencia ni la fama, sino la confianza.


