LA PAZ, 18 may (El Libre Observador) — El humo de los gases lacrimógenos volvió a cubrir este lunes el centro histórico de La Paz. Entre explosiones de dinamita y columnas de manifestantes avanzando desde distintos puntos de la ciudad por la renuncia de Rodrigo Paz a la presidencia, Bolivia ingresó en una nueva fase de una crisis política y social que amenaza con escapar al control del Gobierno.
Miles de campesinos, mineros, maestros rurales, sindicatos fabriles y sectores de la Central Obrera Boliviana, a la que se sumaron los afines al mandatario Evo Morales, tomaron las calles de la sede del poder boliviano en una jornada que terminó con violentos enfrentamientos alrededor de la Plaza Murillo, el núcleo político donde se concentran el Palacio de Gobierno y el Congreso.
Las escenas recordaban algunos de los episodios más convulsos de la historia reciente boliviana con comerciantes cerrando apresuradamente sus negocios, piedras y petardos cruzando las avenidas coloniales del centro paceño, comercios saqueados y policías resistiendo entre nubes de gas mientras intentaban contener el avance de los manifestantes.
Las marchas, integradas también por sectores afines al expresidente Evo Morales, tenían un objetivo común que es aumentar la presión sobre el presidente Paz, cuya administración enfrenta apenas seis meses después de asumir el poder el mayor desafío político de su mandato.
Lo que comenzó semanas atrás como reclamos por combustibles, inflación y deterioro económico derivó rápidamente en una movilización nacional con una consigna abiertamente política que es “la renuncia presidencial”, sin que el Gobierno pueda frenar los conflictos.

En Bolivia, las calles suelen convertirse en termómetro del poder. Y La Paz, una ciudad encajada entre montañas andinas y acostumbrada a convivir con protestas, vuelve a transformarse en el escenario donde se define el equilibrio político del país.
La respuesta oficial endureció aún más el ambiente. Policías antidisturbios dispararon balines y lanzaron gases lacrimógenos para impedir que los movilizados rompieran los anillos de seguridad instalados alrededor de la Plaza Murillo. Del otro lado, grupos de manifestantes respondían con piedras, palos y cachorros de dinamita utilizados tradicionalmente por sindicatos mineros bolivianos.
El ministro de Gobierno, Marco Antonio Oviedo, acusó a algunos sectores de buscar deliberadamente una escalada violenta. “Esta gente está viniendo a buscar víctimas”, afirmó, mientras el Ejecutivo insistía en que las fuerzas de seguridad operan únicamente con equipos disuasivos.
Pero en las calles la percepción es distinta. Videos difundidos por televisoras y redes sociales mostraban escenas de pánico, saqueos aislados y destrozos en comercios del centro paceño, alimentando el temor de que la situación derive en un descontrol mayor.
El conflicto se produce en un momento especialmente delicado para Bolivia. El país enfrenta escasez de dólares, problemas de abastecimiento de combustible y una desaceleración económica que ha erosionado uno de los pilares históricos de estabilidad del modelo boliviano.


