LA PAZ, 3 sep (El Libre Observador) — El sorteo de la papeleta electoral y la confirmación de dos debates televisados entre los candidatos Rodrigo Paz y Jorge “Tuto” Quiroga marcaron esta semana un hito en Bolivia: la cuenta regresiva hacia la primera segunda vuelta presidencial en la historia democrática del país, prevista para el 19 de octubre.
La escena fue sobria, casi protocolar, pero cargada de simbolismo. Funcionarios del Tribunal Supremo Electoral (TSE) extrajeron al azar el orden de las franjas en la boleta: Paz quedó a la izquierda, Quiroga a la derecha. Más allá de la anécdota gráfica, el acto reflejó la normalidad institucional con la que Bolivia encara un proceso inédito que ya ha comenzado a reconfigurar su mapa político.
Un hecho histórico en la democracia boliviana
Hasta ahora, todas las presidenciales en Bolivia se definieron en primera vuelta o, en los casos más cerrados, con la Asamblea Legislativa ejerciendo un papel decisivo para ungir a un candidato. La segunda vuelta, figura establecida en la Constitución de 2009 pero nunca aplicada hasta ahora, aparece como un mecanismo para asegurar mayor legitimidad en un país con fuertes fracturas políticas y sociales.
El desenlace del 17 de agosto obligó a estrenarla: Rodrigo Paz, del Partido Demócrata Cristiano (PDC), obtuvo 32% de los votos, seguido por Jorge Quiroga, de Alianza Libre, con 26%. Ninguno alcanzó los porcentajes requeridos para proclamarse ganador.
La fractura del Movimiento al Socialismo (MAS), que durante dos décadas dominó la política boliviana bajo el liderazgo de Evo Morales, terminó siendo determinante. El histórico partido, dividido en tres corrientes y sin la habilitación de su líder, apenas sumó un 3%, quedando relegado a la irrelevancia electoral.

Dos proyectos en pugna
El balotaje enfrenta a dos figuras con trayectorias y propuestas contrastantes. Paz, de 45 años, hijo del expresidente Jaime Paz Zamora (1989–1993), encarna la carta de renovación generacional. Con un discurso centrista y pragmático, apela al electorado urbano y juvenil, prometiendo modernización institucional y programas sociales orientados a la inclusión.
Quiroga, de 65 años, exmandatario interino entre 2001 y 2002, se presenta como un líder experimentado, con un perfil liberal y un programa centrado en la apertura económica, la privatización parcial de empresas estatales y la atracción de capital extranjero. Su discurso conecta con sectores empresariales y con un electorado conservador que prioriza la estabilidad macroeconómica.
El peso regional de un balotaje
La segunda vuelta boliviana se inscribe en una tendencia regional. Países como Perú, Chile, Colombia y Brasil ya han convertido al balotaje en un componente recurrente de sus sistemas democráticos, en muchos casos como válvula de escape para escenarios de fragmentación política.
En Bolivia, sin embargo, el estreno llega en un momento de transición histórica: la debacle del MAS, el ascenso de nuevas generaciones de políticos y la proximidad del Bicentenario en 2025, que convierte estas elecciones en un punto de inflexión sobre el rumbo que el país quiere darse de cara al futuro.
La comparación regional ilustra el desafío. En Perú, las segundas vueltas han derivado en gobiernos frágiles y altamente polarizados. En Chile y Brasil, en cambio, han contribuido a consolidar la alternancia democrática. Bolivia se juega, en gran medida, qué camino seguirá.

El factor debates y la nueva cultura política
El TSE confirmó que los debates presidenciales y vicepresidenciales se celebrarán el 5 y el 12 de octubre, un hecho que podría inclinar la balanza en una contienda que se anticipa reñida. En un país con débil tradición de debates televisados, la exposición simultánea de propuestas y contrastes directos entre los candidatos podría convertirse en un ejercicio pedagógico para el electorado y en una pieza decisiva de la campaña.
Más de 7,9 millones de bolivianos están habilitados para votar, incluidos 370.000 residentes en el exterior. La logística será similar a la de la primera vuelta: más de 34.000 mesas de sufragio y 204.000 jurados electorales, sorteados a mediados de septiembre.
Una decisión con mirada al Bicentenario
La elección del 19 de octubre no definirá únicamente al presidente que gobernará hasta 2030. Representa también la elección del liderazgo que acompañará a Bolivia en 2025, año en que conmemorará dos siglos de independencia.
El futuro mandatario heredará una economía tensionada por la caída de reservas internacionales y la necesidad de diversificar el modelo productivo, una sociedad con crecientes demandas urbanas y un escenario político donde los viejos equilibrios ya no existen.
Por eso, más que un simple enfrentamiento entre Paz y Quiroga, el balotaje simboliza un cambio de era. El país que durante años orbitó alrededor de Evo Morales ahora busca un nuevo eje político. Y lo hará, por primera vez, a través del mecanismo de la segunda vuelta: una cita con la historia que pondrá a prueba la madurez de su democracia.


