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Suboficial enmanillado en la Plaza Murillo reaviva la desconfianza histórica hacia la Policía en Bolivia

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Publicado : 4 de septiembre de 2025 4:24 PM
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6 Min Lectura
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LA PAZ, 4 sep (El Libre Observador) — La escena de un suboficial de la Policía boliviana encadenado en la Plaza Murillo, frente al antiguo Palacio de Gobierno, no es un hecho aislado, sino un reflejo de las tensiones crónicas que atraviesan una de las instituciones más cuestionadas del país. Santos Quispe, suboficial segundo, decidió inmovilizarse con esposas a una banca como protesta tras denunciar hechos de corrupción en distintas unidades policiales, gesto, cargado de simbolismo, se produce en un lugar que condensa el poder político del país y que, desde tiempos coloniales, ha sido escenario de protestas, caídas de gobiernos y reclamos sociales.

Quispe sostiene que sus denuncias internas derivaron en represalias. Su traslado a Pando, un departamento amazónico de difícil acceso, es interpretado por el policía como un castigo y no como una rotación regular. Además, denunció la exigencia de pago de al menos 300 dólares para quedarse en la ciudad donde corresponde. Para otras instancias policiales como; Tránsito, FLCN, FELCC y otros el pago las coimas son más elevadas.

Su decisión de protestar en pleno centro político de Bolivia visibilizó no solo su situación personal, sino también un malestar más profundo: la percepción ciudadana de que la Policía es una institución permeada por prácticas corruptas y con escasos mecanismos de transparencia.

Una herida institucional de larga data

La Policía boliviana ha arrastrado durante décadas una imagen ambivalente: necesaria para el orden público, pero permanentemente cuestionada por abusos de poder, extorsión y vínculos con redes ilícitas.

Desde los años ochenta, tras el retorno de la democracia, la institución se ha visto envuelta en escándalos que han debilitado su legitimidad. Casos de oficiales vinculados al narcotráfico, cobros indebidos por trámites administrativos, extorsiones a empresarios y abusos en protestas sociales han cimentado una desconfianza difícil de revertir.

En 2012, por ejemplo, una huelga policial por mejoras salariales derivó en amotinamientos en varias ciudades, lo que evidenció fracturas internas en la cadena de mando. Más recientemente, durante la crisis política de 2019, el papel de la Policía fue duramente cuestionado por su repliegue en medio de las protestas, interpretado por algunos sectores como una toma de posición política que facilitó la caída del entonces presidente Evo Morales.

Un desafío de confianza pública

La protesta de Quispe, más allá de su carácter individual, se inserta en este clima de desconfianza estructural. Para muchos ciudadanos, el hecho de que un uniformado recurra a la Plaza Murillo para denunciar represalias es una confirmación de que las denuncias internas rara vez prosperan dentro de la institución.

El analista y experto en Políticas Públicas, Joaquín Gironda Carpio, coincidió en que este tipo de episodios golpean directamente la legitimidad policial. “Cuando los mecanismos internos no funcionan, los efectivos optan por exponer sus casos en la esfera pública, lo que erosiona aún más la confianza social”, aseveró.

En redes sociales, la imagen del suboficial encadenado generó reacciones encontradas: desde muestras de solidaridad por su valentía hasta dudas sobre las motivaciones de su protesta. No obstante, el episodio logró situar nuevamente en la agenda mediática el tema de la corrupción policial y la falta de mecanismos de protección para denunciantes dentro de la fuerza.

Hasta el momento, el Ministerio de Gobierno y el Comando General de la Policía han evitado pronunciarse públicamente sobre el caso. Este silencio, sin embargo, corre el riesgo de alimentar la percepción de que las denuncias de corrupción se enfrentan a un muro de impunidad.

Bolivia enfrenta un dilema recurrente: cómo reformar una institución clave para la seguridad interna sin desencadenar crisis de gobernabilidad. Intentos de reformas anteriores, que incluían mayor capacitación, transparencia en los ascensos y depuración de efectivos, han tenido resultados parciales y limitados en el tiempo.

El eco de una protesta simbólica

La decisión de Santos Quispe de encadenarse en la Plaza Murillo no es solo un acto de protesta personal, sino un gesto cargado de resonancias históricas en Bolivia, donde los espacios públicos han sido plataforma de resistencia frente al poder.

En un país donde las instituciones enfrentan una permanente disputa de legitimidad, la escena de un policía reclamando justicia en el epicentro político no deja de ser un recordatorio incómodo: la corrupción y la impunidad no solo afectan a los ciudadanos comunes, sino también a quienes portan uniforme.

El desenlace de este caso aún es incierto, pero su impacto ya trasciende lo personal. En una sociedad acostumbrada a ver a la Policía como juez y parte de sus propios conflictos, la protesta de Quispe vuelve a poner en el centro del debate la necesidad de una reforma profunda y sostenida que devuelva credibilidad a una de las instituciones más sensibles del Estado.

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