LA PAZ, 8 nov (El Libre Observador) — Edmand Lara, nuevo vicepresidente boliviano, asumió este sábado planteando una tesis simple pero contundente: el cambio político no será creíble sin un cambio real del sistema de justicia. Su frase —“no basta con encender motores, hay que cambiar el rumbo, transformar la justicia”— sintetiza la prioridad estructural que el nuevo Gobierno quiere instalar como marco de época. Y conecta directamente con la demanda ciudadana más transversal: después de 15 años de polarización y parálisis institucional, Bolivia quiere reglas limpias.
El momento político es excepcional. Bolivia llega a este nuevo ciclo constitucional con una economía tensionada por déficit gemelos, presión inflacionaria importada y la erosión de su modelo rentista basado en hidrocarburos.
Lara no mencionó directamente el dólar o la caída de las reservas, pero sí describió lo esencial: la crisis más compleja de los últimos 40 años, cuyo impacto se siente en la canasta familiar. Su diagnóstico no fue técnico ni académico; fue social. Y eso lo sitúa en una línea discursiva que intenta recomponer vínculos con las mayorías empobrecidas.
Vestido con uniforme de gala, y con una lista precisa de saludos a presidentes latinoamericanos y a delegaciones de Europa, Asia y Estados Unidos, Lara envió una señal internacional: Bolivia vuelve a jugar hacia afuera. Es el mismo mensaje central que instaló Rodrigo Paz en su discurso de posesión. No se trata solo de respeto diplomático: se trata de resolver un ciclo de aislamiento relativo, con impacto directo en comercio, inversión y financiamiento multilateral.
Pero el pasaje más definitorio de su intervención fue interno: la interpelación directa a sectores populares y organizaciones sociales, incluso aquellas que sospechaban una eventual exclusión con el nuevo gobierno.

Fue un gesto deliberado para desmontar una narrativa instalada desde hace años: “es mentira que los discriminamos”, dijo. La frase indica rumbo: este Gobierno quiere recuperar legitimidad sin caer en guerra cultural con el tejido social que históricamente sostuvo el Estado plurinacional.
La presencia en la Asamblea de cinco presidentes latinoamericanos, de una ex autoridad alemana y de altos representantes de Washington y Bruselas, subraya otro dato de fondo: este cambio de mando vuelve a colocar a Bolivia en el radar regional. Después de la fragmentación del sistema de partidos y de la implosión del MAS, el desafío ya no es ganar poder, sino gobernarlo.
La fórmula Paz-Lara arranca con un discurso de reconciliación. El reto, ahora, es convertirlo en política pública. La justicia, que fue la piedra angular de la degradación institucional boliviana, será la prueba de fuego. La legitimidad no se construirá con retórica: se construirá con sentencias, con independencia fiscal, con seguridad jurídica, con tribunales que vuelvan a ser árbitro y no botín. Lara lo dijo sin tecnicismos: Bolivia no necesita motores nuevos; necesita un nuevo rumbo.

