LA PAZ, 5 may (El Libre Observador) — Durante una década y media, el tipo de cambio en Bolivia fue una certeza casi inmutable, una cifra que no se movía mientras el resto de la economía comenzaba a mostrar fisuras. Hoy, esa estabilidad se resquebraja. El Gobierno ha confirmado este martes que se encamina hacia un sistema de flotación cambiaria, una decisión que, más que técnica, revela el alcance de las tensiones que atraviesan al país.
El anuncio del ministro de Economía, Gabriel Espinoza, llega en un momento simbólico con el dólar referencial que ha superado por primera vez la barrera de los 10 bolivianos, un umbral psicológico que expone la distancia entre el tipo de cambio oficial, anclado en 6,96 desde 2011, y la realidad del mercado. Durante años, esa brecha convivió con relativa discreción; ahora se ha vuelto imposible de ignorar.
La coexistencia de múltiples cotizaciones entre oficial, referencial y paralela, no solo ha fragmentado el mercado, sino que ha instalado una sensación de incertidumbre que se filtra en la vida cotidiana. Para quienes importan, ahorran o simplemente intentan preservar el valor de su dinero, el dólar ha dejado de ser una referencia estable para convertirse en una variable impredecible.
El Gobierno sostiene que la flotación permitirá transparentar el mercado y reducir distorsiones. La idea es simple en su formulación con un solo tipo de cambio que se mueva según la oferta y la demanda. Pero en la práctica, el tránsito hacia ese sistema implica abandonar una política que durante años funcionó como ancla de estabilidad, incluso cuando los fundamentos comenzaban a debilitarse.
Desde 2024, la economía boliviana enfrenta una reducción sostenida de divisas, impulsada por menores ingresos externos y una presión creciente sobre las reservas internacionales. En ese contexto, el mercado paralelo ganó protagonismo, convirtiéndose en un termómetro más fiel, aunque incómodo, de la escasez.

El tipo de cambio referencial introducido por el Banco Central de Bolivia en diciembre de 2025 buscó justamente eso, el de acercarse a la realidad. El reciente salto por encima de los 10 bolivianos sugiere que esa realidad es más áspera de lo previsto.
A esta dinámica se suma una demanda que no deja de crecer. La flexibilización del uso de tarjetas en el exterior, pensada para aliviar tensiones, ha tenido un efecto colateral como es más presión sobre un mercado donde los dólares son cada vez más escasos. El resultado es un equilibrio frágil, donde cualquier movimiento amplifica la sensación de inestabilidad.
El giro hacia la flotación, entonces, no es solo una decisión económica; es también una admisión. Bolivia, como otras economías de la región en momentos de ajuste, se enfrenta al dilema de dejar que el mercado marque el precio de su moneda o seguir sosteniendo una ficción cada vez más costosa. La transición promete ser delicada.
En las calles bolivianas, lejos de los despachos oficiales, el cambio ya se percibe. El dólar, que durante años fue una cifra fija en pizarras bancarias, se ha convertido en tema de conversación cotidiana. La pregunta ya no es cuánto vale hoy, sino cuánto valdrá mañana. En esa incertidumbre se juega buena parte del futuro inmediato de la economía boliviana.

