LA PAZ, 14 may (El Libre Observador) — En los mercados populares de La Paz, la crisis ya tiene precio. Las vendedoras lo repiten entre resignación y enojo mientras acomodan pollos más pequeños, bolsas de arroz más caras y botellas de aceite que desaparecen rápido de los puestos. “Todo está subiendo otra vez”, murmura una comerciante en Villa Fátima mientras observa cómo los compradores preguntan, calculan y muchas veces se marchan sin comprar.
Bolivia atraviesa una nueva semana de bloqueos, protestas y enfrentamientos sociales, pero el conflicto dejó de sentirse únicamente en las carreteras o en las marchas. Ahora golpea directamente el bolsillo de la población.
El propio ministro de Economía, José Gabriel Espinoza, reconoció este jueves que las medidas de presión comenzaron a disparar el precio de productos básicos y amenazan con deteriorar aún más una economía ya marcada por la incertidumbre, la escasez de dólares y el nerviosismo ciudadano.
“El pollo, que estaba en 17 o 18 bolivianos el kilo, habíamos trabajado tanto para contener la situación”, dijo el ministro frente a periodistas en la Plaza Murillo, el corazón político de La Paz, convertido estos días en un territorio cercado por policías, marchas y gases lacrimógenos.
La frase resumía algo más profundo que una simple variación de precios: el temor de que Bolivia vuelva a entrar en un ciclo de inestabilidad económica difícil de contener.
Durante meses, el Gobierno de Rodrigo Paz intentó transmitir la idea de que la inflación estaba controlada y que el país comenzaba lentamente a estabilizarse después de una prolongada presión cambiaria. Pero los bloqueos de carreteras instalados desde la pasada semana alteraron nuevamente el escenario.
En varios mercados paceños, comerciantes y consumidores aseguran que el costo del pollo, la carne, el aceite y el arroz comenzó a subir casi de inmediato. El temor al desabastecimiento aceleró además las compras y alimentó la especulación en algunos sectores.
El conflicto social también paralizó parte de la actividad cotidiana. Transportistas atrapados por los cortes, gremiales sin ventas y trabajadores independientes sin ingresos diarios forman parte del paisaje urbano que se repite en distintas ciudades bolivianas.
“El taxista que hoy no puede trabajar, el gremial que no puede vender… ese es el costo que hay que medir”, admitió Espinoza, en una declaración poco habitual para un Gobierno que hasta ahora buscaba minimizar el impacto económico de las protestas.

Mientras el ministro hablaba ante la prensa, a pocas cuadras de allí la Policía reprimía con gases lacrimógenos a miles de mineros cooperativistas que intentaban ingresar a la Plaza Murillo detonando cartuchos de dinamita.
La escena condensaba el momento que vive Bolivia: tensión callejera, mercados nerviosos y un Gobierno que intenta evitar que el conflicto derive en una crisis política mayor.
El Ejecutivo insiste en que detrás de las movilizaciones existen intereses de “desestabilización” y acusa a sectores opositores de intentar “volver al país del pasado”. Sin embargo, en las calles el malestar parece tener raíces más amplias: el desgaste económico, la caída del poder adquisitivo y el cansancio frente a la incertidumbre.
Aunque el ministro reconoció que algunas demandas sociales deben ser atendidas, defendió la estrategia gubernamental y aseguró que el Ejecutivo seguirá trabajando para “reconstruir la economía”.


