LA PAZ, 26 ago (El Libre Observador) — Christian Morales Burgos ha elegido una palabra para describir su llegada al Ministerio de Economía, continuidad, pero inmediatamente añadió otra, profundización. En medio de una crisis marcada por la falta de dólares, el desabastecimiento de combustibles y la presión sobre las finanzas públicas, el nuevo ministro intenta convencer de que ordenar la economía no significa necesariamente abrir una nueva batalla social.
Hablar con los empresarios, con los productores, con los gobernadores, con los municipios, con los diputados y senadores y escuchar antes de ajustar y de aplicar las medidas.
“Tenemos que ser un Ministerio abierto, transparente y cercano”, dijo Morales a los periodistas.
La frase marca distancia con el turbulento final de su antecesor, José Gabriel Espinoza, cuya censura y posterior salida se produjeron en medio de fuertes cuestionamientos políticos y de una economía sometida a una presión creciente.
Morales no quiere presentarse como el hombre que llega a desmontar lo anterior. Al contrario, reivindica el trabajo iniciado por Espinoza y anuncia que las medidas que hayan funcionado serán profundizadas.
«Más que cambios, lo que vamos a hacer es continuar, pero profundizar las políticas económicas», afirmó.
Bolivia necesita ordenar sus cuentas públicas, pero cada decisión económica tiene consecuencias inmediatas en una sociedad golpeada por la escasez de dólares y combustible. La crisis cambiaria ha dificultado las importaciones y el problema energético ha trasladado la tensión desde las oficinas del Gobierno hasta los mercados y las carreteras.

Morales parece haber entendido que el ajuste no puede ejecutarse únicamente desde un despacho.
Por eso propone «sincerar» la economía. La expresión encierra una de las ideas centrales de su discurso: reconocer las dificultades acumuladas, ordenar las finanzas y explicar a los ciudadanos por qué deben adoptarse determinadas medidas.
El ministro admite que algunas decisiones pueden generar efectos no deseados y que las normas pueden perfeccionarse. Su planteamiento es que el diálogo no sea un mecanismo para retrasar las reformas, sino una herramienta para hacerlas viables.
Ese enfoque será particularmente importante con el sector productivo, que observa con preocupación los efectos del nuevo esquema de precios del diésel.
Morales quiere encontrar un punto de equilibrio que permita corregir las distorsiones fiscales sin ahogar a quienes producen.
La misma lógica pretende llevarla al debate sobre el llamado 50-50 con gobernaciones y municipios. El Gobierno busca ampliar la capacidad de las regiones, pero el ministro advierte que cualquier transferencia de recursos debe considerar también las obligaciones que corresponden a las entidades autónomas.
En otras palabras, el Estado central quiere repartir más responsabilidades y recursos, pero primero necesita saber cuánto puede realmente repartir.
Bolivia atraviesa una etapa en la que las necesidades económicas crecen mientras el margen de maniobra del Estado se estrecha. La escasez de divisas condiciona las importaciones; el combustible se vuelve una cuestión estratégica; y el financiamiento externo aparece como una de las principales vías para recuperar oxígeno.
Por eso el nuevo ministro combina dos discursos que podrían parecer contradictorios: continuidad y revisión; ajuste y diálogo; disciplina fiscal y protección de la producción.
No pretende, al menos en su primer mensaje, presentar una ruptura, pretende ordenar.

Y para hacerlo necesita algo que la economía boliviana ha perdido progresivamente como es la confianza.
Confianza de los organismos internacionales para liberar recursos. Confianza de los legisladores para aprobar las medidas. Confianza de los productores para aceptar cambios. Y confianza de los ciudadanos para creer que el esfuerzo no terminará recayendo únicamente sobre sus bolsillos.
Morales sabe que la economía no se arregla solamente con decretos. También se disputa en la conversación pública.
En un país acostumbrado a que los ajustes terminen en conflicto, el nuevo ministro quiere probar una fórmula diferente: profundizar el rumbo económico, pero negociar sus costos.

