LA PAZ, 30 dic (El Libre Observador) — Durante más de una década, Bolivia sostuvo uno de los tipos de cambio más estables de América Latina. El dólar fijo, anclado desde 2011 en torno a los siete bolivianos, funcionó como símbolo de certidumbre y como pilar de un modelo económico apoyado en la renta del gas que hoy, ese andamiaje comienza a resquebrajarse. El Gobierno boliviano ha anunciado este martes un proceso gradual de unificación cambiaria y liberación de dólares del sistema bancario, una de las decisiones más delicadas desde el auge de los hidrocarburos.
El Ejecutivo reconoce que no hay una fecha exacta para completar el proceso, pero ha fijado un horizonte político y económico: el primer semestre de 2026.
El ministro de Economía, José Gabriel Espinoza, admitió que el camino será progresivo y que ya en los primeros meses del próximo año se observará una tendencia clara hacia un solo tipo de cambio.
La prioridad, aseguró, será restituir el acceso de las personas naturales a sus depósitos en dólares, un gesto destinado a recomponer la confianza en un sistema financiero tensionado por la escasez de divisas.
El anuncio se produce tras la aprobación del Decreto Supremo 5503, una norma que marca un giro en la política económica al eliminar la subvención a los combustibles y ordenar al Banco Central de Bolivia transitar hacia un nuevo régimen cambiario.
El texto oficial habla de estabilidad macroeconómica y competitividad externa, pero el trasfondo es más profundo: Bolivia ya no dispone del colchón financiero que le permitió sostener durante años precios congelados y un dólar artificialmente barato.
Hoy el país convive con tres referencias cambiarias. El tipo oficial, inalterado desde 2011; un valor referencial publicado por el Banco Central desde diciembre, que refleja operaciones reales del sistema financiero; y un mercado paralelo donde el dólar se negocia con una prima creciente.
La brecha entre estas cotizaciones se ha convertido en un termómetro de desconfianza y en un obstáculo para la inversión, el comercio y la planificación empresarial.

El dilema boliviano no es excepcional en la región. Argentina, Venezuela y, en menor medida, Cuba han atravesado procesos similares de multiplicidad cambiaria, con costos económicos y sociales elevados cuando los ajustes fueron abruptos.
El Gobierno parece decidido a evitar ese escenario, apostando por una transición gradual que no detone una crisis inflacionaria ni un estallido social, en un país donde el precio del dólar tiene una fuerte carga política.
Sin embargo, el margen de maniobra es estrecho. La caída de los ingresos por exportación de gas, el aumento de las importaciones de combustibles y la presión sobre las reservas internacionales han erosionado la capacidad del Estado para seguir administrando el mercado cambiario.
La unificación del tipo de cambio, más que una elección ideológica, aparece como una imposición de la realidad económica. En ese contexto, el anuncio oficial no cierra el debate: lo abre. La pregunta que sobrevuela es si Bolivia logrará desmontar su sistema de múltiples dólares sin sacrificar estabilidad social ni profundizar la desigualdad. El fin del dólar único, símbolo de una era de bonanza, marca también el inicio de una etapa de ajustes cuya magnitud todavía está por definirse.

