LA PAZ, 2 sep (El Libre Observador) — Las cifras difundidas por el Banco Central de Bolivia (BCB) muestran un panorama tan paradójico como inquietante. Las Reservas Internacionales Netas (RIN) alcanzaron a fines de agosto los 2.881 millones de dólares, una recuperación respecto a los mínimos históricos de 2023. Pero detrás del aparente respiro hay una constatación incómoda: solo el 5,9% de esos fondos son divisas estadounidenses líquidas. El resto, más del 90%, está respaldado en oro.
La explicación oficial es que la estabilidad se ha logrado gracias a la valorización del metal precioso y al aporte de exportaciones de empresas estatales como Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos (YPFB), la fundición de Vinto, la Corporación Minera de Bolivia (Comibol), Yacimientos de Litio Bolivianos (YLB) o la Empresa Nacional de Electricidad (ENDE).
Pero la estructura de las reservas revela una economía cada vez más dependiente de factores externos volátiles y menos sostenida por flujos constantes de dólares.
En la última década, las RIN fueron uno de los pilares de la narrativa de estabilidad boliviana. Durante los años de auge del gas, llegaron a superar los 15.000 millones de dólares, una cifra inédita en la historia del país.
Sin embargo, la caída sostenida de la producción de hidrocarburos y la reducción de los mercados de exportación –sobre todo Brasil y Argentina– han erosionado de manera dramática esa fuente de ingresos.
A junio de 2025, las exportaciones de gas natural se contrajeron un 20% interanual. El país, que durante años se presentó como proveedor energético regional, ahora enfrenta un doble desafío: menores ingresos por ventas externas y una necesidad creciente de importar combustibles para abastecer su mercado interno.
La transición hacia un esquema de reservas basado en oro refleja este cambio estructural. Para el Gobierno, el metal precioso es un seguro frente a la volatilidad y una forma de sostener confianza. Pero para los analistas, el predominio del oro implica un riesgo: “Las reservas no están para exhibirse en una vitrina, están para ser usadas en momentos de crisis, y el oro es mucho menos líquido que los dólares”, explica un economista consultado en La Paz.

Factores internos: clima, bloqueos y parálisis política
El informe del BCB no oculta otros lastres que han frenado el ingreso de divisas. Sequías y heladas redujeron la productividad agrícola, afectando tanto a la soya de la llanura como a la ganadería del altiplano. A ello se sumó la ola de incendios forestales que llevó al Gobierno a declarar “Situación de Emergencia Nacional”, una catástrofe con implicaciones económicas, ambientales y sociales.
En el plano político, las tensiones se han traducido en pérdidas millonarias. En junio, los bloqueos de carreteras impulsados por sectores afines al expresidente Evo Morales paralizaron durante dos semanas la circulación de mercancías y personas. El Ministerio de Economía calculó el daño en 1.000 millones de dólares, casi la mitad del aumento reciente de las RIN.
La parálisis en la Asamblea Legislativa, donde la oposición y facciones oficialistas han bloqueado la aprobación de créditos externos por más de 1.700 millones de dólares, completa el cuadro. La falta de esos recursos no solo limita el ingreso de divisas, sino que frena la inversión pública, históricamente uno de los motores del crecimiento boliviano.
Una crisis que trasciende fronteras
El déficit de dólares en Bolivia no es un fenómeno aislado. Países vecinos como Argentina y Perú también han enfrentado presiones sobre sus reservas en los últimos años, aunque con dinámicas diferentes. En el caso boliviano, la dependencia de un solo recurso –el gas– lo hace particularmente vulnerable. La contracción de este sector afecta directamente a su capacidad de importar bienes, mantener subsidios energéticos y sostener programas sociales.
La región observa con atención. Bolivia es miembro de la Comunidad Andina y del Mercosur ampliado, y sus problemas de liquidez impactan en los flujos comerciales fronterizos. La escasez de dólares ha provocado retrasos en pagos a importadores, tensiones en el mercado cambiario y un auge del mercado paralelo, con consecuencias sobre la inflación y la confianza de los agentes económicos.

¿Un nuevo modelo o una solución de emergencia?
El Gobierno de Luis Arce ha defendido su estrategia de “sustituir dólares por oro” como una alternativa soberana y realista ante la crisis de liquidez. En 2023, la Asamblea Legislativa aprobó una ley que autoriza al BCB a vender oro monetizado en los mercados internacionales. Desde entonces, el metal se ha convertido en el ancla de las finanzas públicas.
Pero los críticos advierten que esta medida no resuelve el problema de fondo: la caída de las exportaciones y la falta de diversificación productiva. El litio, señalado como el recurso estratégico del futuro, aún no genera ingresos significativos y enfrenta retrasos en la construcción de plantas industriales.
En ese contexto, la cifra de 2.881 millones de dólares en reservas es tanto un alivio momentáneo como un recordatorio de fragilidad. El oro da aire, pero no garantiza estabilidad duradera. Bolivia necesita divisas para pagar importaciones, sostener su tipo de cambio y financiar su inversión pública. Sin una recuperación del gas o una verdadera diversificación, el margen de maniobra seguirá siendo estrecho.
El dilema de corto plazo
La pregunta central es hasta cuándo podrá Bolivia sostener su economía con reservas tan dependientes del oro. Mientras el metal se mantenga en precios altos en los mercados internacionales, el colchón será útil. Pero un eventual descenso podría exponer con crudeza la falta de liquidez en dólares.
El país se enfrenta así a un dilema clásico: priorizar la estabilidad inmediata con instrumentos financieros o encarar reformas de fondo que permitan recuperar capacidad exportadora y credibilidad en los mercados internacionales. De momento, el oro brilla como salvavidas, pero no alcanza para disipar las sombras de la crisis de dólares que golpea al corazón de la economía boliviana.

