LA PAZ, 8 abr (El Libre Observador) — En Bolivia, el crecimiento dejó de ser una promesa y se convirtió en una pregunta incómoda. Tras años de expansión sostenida, impulsada por el gas y el gasto público, el país se asoma ahora a un punto de inflexión: una contracción económica del 3,2% en 2026, la peor de América Latina, según el último informe del Banco Mundial.
La cifra, más que un dato técnico, es el síntoma de un ciclo que se agota. La economía boliviana no solo crecerá menos: se encogerá, en un contexto regional donde incluso los países con dificultades logran mantenerse en terreno positivo. El contraste es elocuente: mientras economías como Paraguay o Argentina avanzan con previsiones de crecimiento, Bolivia aparece en el extremo opuesto, como el único país que retrocede con fuerza.
El desgaste de un modelo
Durante casi dos décadas, Bolivia sostuvo un modelo basado en la nacionalización de los recursos naturales, la expansión del gasto estatal y el subsidio a sectores clave como los combustibles. Ese esquema permitió estabilidad y crecimiento en tiempos de bonanza, pero dejó una herencia difícil de sostener cuando los ingresos comenzaron a caer.
Hoy, el declive de las exportaciones de gas, histórico motor de la economía, se combina con un déficit fiscal persistente y una creciente escasez de dólares. El resultado es una economía tensionada, donde las reservas se reducen, el margen de maniobra se estrecha y la incertidumbre se instala.
Los datos ya venían anticipando el deterioro. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), el país acumuló una contracción del 1,63% entre enero y septiembre de 2025, mientras que el Banco Mundial proyecta que ese año cerrará con una caída del 2,1%. El 2026, lejos de ser un punto de inflexión, será, según el organismo, el momento más agudo del ajuste.

El giro y sus costos
El Gobierno de Rodrigo Paz ha optado por un cambio de rumbo. La eliminación del subsidio a los combustibles, una medida largamente postergada, busca aliviar la presión sobre las cuentas públicas, pero ha tenido efectos inmediatos en el costo de vida y en la actividad económica.
A la par, el Ejecutivo impulsa un paquete de reformas orientadas a liberalizar sectores, reducir controles y atraer inversión privada, en un intento por reactivar una economía que perdió dinamismo. La apuesta es clara: pasar de un modelo centrado en el Estado a otro que recupere el rol del mercado.
Pero ese tránsito tiene un precio. El propio informe del Banco Mundial lo sugiere sin rodeos: antes de cualquier recuperación, Bolivia deberá atravesar un periodo de ajuste. En otras palabras, el rebote, previsto en torno al 4% para 2027, llegará solo después de tocar fondo.
Una región que avanza a otra velocidad
El escenario regional acentúa el contraste. América Latina crecerá un 2,1% en 2026, impulsada por economías que, pese a la incertidumbre global, logran sostener la inversión y el empleo. En ese mapa, Bolivia queda rezagada, atrapada entre sus propias tensiones internas y un entorno externo poco favorable.
El informe advierte además de un contexto internacional complejo: altos costos de endeudamiento, demanda externa débil y una incertidumbre geopolítica que frena la inversión. Para economías frágiles, como la boliviana, estos factores actúan como un multiplicador de riesgos.
Entre la cautela y la expectativa
En La Paz, el discurso oficial intenta equilibrar el diagnóstico con el optimismo. El ministro de Economía, Gabriel Espinoza, ha sugerido que el país podría sorprender y revertir las previsiones, aunque reconoce que el margen es estrecho.
Los analistas, en cambio, coinciden en que el desenlace dependerá de dos variables clave: la capacidad de estabilizar la economía en el corto plazo y la de reconstruir la confianza en el mediano. Sin inversión, privada y extranjera, no habrá rebote sostenible.
La economía boliviana, que durante años creció al abrigo de sus recursos naturales, enfrenta ahora una prueba distinta: reinventarse en medio de la escasez. El 2026, según todas las señales, no será un año de expansión, sino de ajuste. Un año en el que el país, más que avanzar, tendrá que aprender a sostenerse antes de volver a crecer.

