LA PAZ, 29 oct (El Libre Observador) — En sus últimos días al frente del Ministerio de Relaciones Exteriores, Celinda Sosa defendió lo que calificó como un “legado de solidaridad” del ALBA-TCP, una alianza que durante casi dos décadas marcó una de las etapas más ideológicas de la política exterior boliviana. Su mensaje, sin embargo, llega en un momento simbólico: Bolivia ha sido suspendida del bloque tras el anuncio del presidente electo Rodrigo Paz Pereira de que no invitará a los mandatarios de Cuba, Nicaragua y Venezuela a su toma de posesión.
“ALBA ha cumplido un rol muy importante de solidaridad con Bolivia, todo lo que tenga que ver con la formación de profesionales, de médicos y en varias otras ramas; son más de cinco mil profesionales que se han formado en el marco del ALBA”, declaró Sosa.
Fue una suerte de balance diplomático, pero también un gesto de despedida hacia una alianza que, con luces y sombras, transformó la educación y la salud de miles de bolivianos.

La huella social de una alianza ideológica
En Bolivia, el ALBA no fue solo un espacio político, sino también una estructura de cooperación tangible. Bajo su paraguas nacieron programas emblemáticos como la Misión Milagro, que permitió a miles de personas recuperar la vista mediante cirugías gratuitas, y la Campaña de Alfabetización “Yo sí puedo”, que ayudó a declarar al país “territorio libre de analfabetismo” en 2008, según la Unesco.
“En el tema de alfabetización, son miles y miles de personas que han aprendido a leer y escribir; en medicina se contó con 42 centros oftalmológicos en Bolivia, donde muchas personas recuperaron la vista gracias a esas campañas solidarias”, recordó Sosa.
Según las cifras oficiales del Ministerio de Salud de Bolivia y declaraciones de autoridades en diferentes momentos, el número de bolivianos que se beneficiaron con cirugías oftalmológicas gratuitas (principalmente de cataratas y pterigium) supera los 700,000.
Más de 1 millón de personas se beneficiaron en la Alfabetización y Post-Alfabetización entre 2006 y 2022, según el Ministerio de Educación de Bolivia.
El ALBA-TCP —Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América – Tratado de Comercio de los Pueblos— fue creado en 2004 por los gobiernos de Cuba y Venezuela como respuesta al proyecto del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) impulsado por Washington.
Su principio rector era la complementariedad económica frente a la lógica de libre mercado: una arquitectura política y simbólica que proponía sustituir la competencia por la cooperación.

De la afinidad ideológica al cambio de ciclo
Bolivia se incorporó al bloque en 2006, bajo el gobierno de Evo Morales, y se convirtió en uno de sus pilares más activos. Durante los años de auge del llamado “giro a la izquierda” latinoamericano, el país se alineó con los gobiernos de La Habana y Caracas, y tejió un discurso común de integración antiimperialista y soberanía económica.
Sin embargo, los vientos políticos han cambiado. El triunfo de Rodrigo Paz Pereira, un economista de perfil liberal y tono moderado, simboliza el fin de una etapa y el inicio de otra en la política exterior boliviana.
Su anuncio de excluir a Cuba, Venezuela y Nicaragua del acto de posesión fue leído por los gobiernos del ALBA como una ruptura diplomática, y provocó una suspensión inmediata de Bolivia del bloque, decidida el pasado fin de semana.
Paz Pereira ha insistido en que su objetivo no es romper con los países amigos, sino “redefinir las alianzas internacionales de Bolivia en función del interés nacional”, con mayor apertura hacia los mercados y la cooperación financiera multilateral.
Pero la decisión tiene un fuerte peso simbólico: marca el primer distanciamiento formal de Bolivia respecto al eje bolivariano que definió su diplomacia durante casi veinte años.

Una alianza en declive
Hoy el ALBA-TCP reúne a ocho países —Cuba, Venezuela, Nicaragua, San Vicente y las Granadinas, Granada, Antigua y Barbuda, Dominica y Santa Lucía—, pero su influencia regional ha disminuido con la pérdida de poder de los gobiernos de izquierda más ortodoxos y la crisis económica que atraviesan Caracas y La Habana.
En ese contexto, la defensa del legado del ALBA por parte de la canciller saliente suena también a reconocimiento nostálgico de una época que se apaga. “El vínculo de cooperación que el ALBA mantuvo con el pueblo boliviano no debe desconocerse ni olvidarse”, dijo Sosa, en lo que muchos interpretan como una última apelación a la memoria histórica de la solidaridad regional.
El nuevo tablero diplomático
Bolivia se prepara así para un giro diplomático más pragmático, en sintonía con gobiernos como los de Chile, Uruguay o República Dominicana, que priorizan la integración económica y la atracción de inversiones sobre las alianzas ideológicas.
Aun así, el recuerdo de los años del ALBA perdurará en hospitales rurales, aulas recién alfabetizadas y en las historias personales de quienes recuperaron la vista o aprendieron a leer bajo sus programas. Son los frutos más visibles de una cooperación que, más allá de su carga política, encarnó una versión latinoamericana de la solidaridad internacional.
La salida del bloque, sin embargo, no es solo un cambio de alianzas: es también una transición de identidad política. Bolivia deja atrás un discurso de resistencia continental para entrar en una etapa de diplomacia económica.


