SUCRE, 5 nov (El Libre Observador) — Por estos días, el poder político en Bolivia se mueve entre dos geografías simbólicas: Sucre, donde nació la República hace dos siglos, y La Paz, donde este sábado se producirá el cambio de mando. La escena de este miércoles —el Tribunal Supremo Electoral (TSE) entregando credenciales en la Casa de la Libertad— buscó conectar ambas líneas temporales: la memoria fundacional y la institucionalidad democrática en presente.
Con ese gesto, Bolivia puso punto final a un ciclo electoral que definió a Rodrigo Paz como presidente electo y a Edmand Lara como vicepresidente para el periodo 2025-2030.
El acto, solemne y medido, se produce en plena transición y tras uno de los procesos más fragmentados de las últimas dos décadas. La elección 2025 estuvo marcada por la erosión del MAS y sin la presencia del histórico líder Evo Morales —que dominó la política nacional desde 2005—, por la emergencia de nuevos bloques regionales y por el voto útil que se movió entre tradicionalismo y agotamiento.
La elección en segunda vuelta, el 19 de octubre, certificó el quiebre definitivo del viejo tablero: Paz ganó sin “partido dominante” detrás, y Lara emergió como figura que conecta con sectores populares huérfanos de representación vertical.
El presidente del TSE, Óscar Hassenteufel, abrió el acto con una frase calibrada para este tiempo: “Es la hora de las grandes decisiones. El país vive un momento sumamente difícil en lo social y económico”. La economía boliviana llega a la transición con reservas internacionales bajas, un mercado cambiario distorsionado, subsidios presionados por falta de financiamiento, dificultades para sostener el crecimiento y tensión fiscal. Son asuntos que el nuevo binomio hereda sin amortiguadores políticos claros y sin mayoría sólida en el Congreso.

Lara, al recibir su credencial, apeló a la fibra emocional del país herido: “Bolivia está herida, nos dejan un país golpeado, pero nos vamos a levantar. Mi compromiso es trabajar para todos y reconciliar y unir al país”.
Es un mensaje que busca marcar diferencia respecto a la confrontación permanente que consumió el último tramo del gobierno de Luis Arce.
Paz, más sobrio y con el tono presidencial que intentó proyectar desde la segunda vuelta, apostó por el valor simbólico de la democracia como activo común. “Estamos acá para honrar a la democracia, pero sobre todo a la patria”, dijo, desde un discurso que se quiere institucionalista y a la vez refundacional.
La entrega de credenciales no fue un trámite técnico: cerró el proceso con un gesto político de alta carga internacional. Estuvieron autoridades salientes, legisladores, magistrados, diplomáticos y representantes de organismos multilaterales. Bolivia quiso mostrar un desenlace electoral en calma, sin sobresaltos judiciales y con certificación formal.
El próximo escenario ya está marcado en la agenda: la posesión presidencial este sábado 8 de noviembre en La Paz, un acto que pondrá a Paz y Lara en la línea de salida de un quinquenio que dependerá tanto de su capacidad de obtener acuerdos parlamentarios como de su habilidad para gestionar una economía sin margen de error.
La democracia boliviana, otra vez, inicia su periodo constitucional con horizontes abiertos e interrogantes pesados. El test definitivo comienza ahora.


