LA PAZ, 24 jul (El Libre Observador) — A menos de cuatro semanas de unas elecciones que podrían redefinir el equilibrio político en Bolivia, la izquierda atraviesa una de sus crisis más profundas desde que el Movimiento Al Socialismo (MAS) llegó al poder hace casi dos décadas.
El jueves, un intento del presidente Luis Arce y de la dirección del oficialista MAS por reunir a las principales fuerzas progresistas del país y sellar una alianza de última hora fracasó estrepitosamente porque ningún candidato presidencial acudió a la convocatoria, revelando fracturas que podrían costarle al oficialismo su hegemonía electoral.
La reunión, organizada por el MAS en La Paz, pretendía tejer un frente común ante el avance de la derecha y el riesgo creciente de una derrota en primera vuelta el próximo 17 de agosto.
Grover García, presidente del partido, confirmó en conferencia de prensa que ningún líder de peso respondió al llamado, ni siquiera aquellos que comparten origen político con el oficialismo. “¿Qué nos toca? Continuar (…) podemos insistir hasta la próxima semana. Si no se da, seguiremos con nuestras campañas, a la cabeza de nuestro binomio, Eduardo del Castillo y Milán”, declaró, visiblemente frustrado.

El fracaso simboliza algo más profundo que un desencuentro táctico. Desde la caída de Evo Morales en 2019 y su regreso a la escena política como figura polarizadora, el MAS no ha logrado recomponer la unidad que lo convirtió en la fuerza más dominante de Sudamérica durante casi 15 años.
La figura de Arce, que emergió como presidente de consenso en 2020, no ha logrado cohesionar un movimiento que hoy se divide en tres corrientes: el ala institucional que él encabeza, el bloque leal a Morales —que insiste en que el expresidente lidere cualquier alianza— y una generación emergente, representada por el joven senador Andrónico Rodríguez, que busca proyectar un progresismo menos caudillista.
Las consecuencias de esta fragmentación son visibles en las encuestas. Rodríguez, al frente de la Alianza Popular, se ubica en un distante tercer lugar en intención de voto, detrás de los conservadores Samuel Doria Medina (Alianza Unidad) y Jorge Quiroga (Libre). Otros candidatos de izquierda, como Del Castillo (MAS) y Eva Copa (Morena), apenas rozan el 2 % de apoyo.
El presidente Arce, consciente de la amenaza, apeló días atrás en redes sociales a conformar un frente común “antes de que sea tarde”, advirtiendo sobre el riesgo de una “derrota histórica”. Su mensaje, sin embargo, fue interpretado por algunos sectores como un gesto desesperado más que una verdadera estrategia de integración. Los afines a Morales condicionaron cualquier negociación a que el exmandatario lidere la fórmula, mientras que los seguidores de Rodríguez rechazan volver a una política centrada en caudillos.

La disputa también refleja tensiones más amplias sobre el rumbo del modelo económico y social del MAS. Mientras Arce insiste en sostener los pilares del “proceso de cambio” iniciado en 2006 —incluyendo subsidios, nacionalizaciones y un Estado fuerte en sectores estratégicos como el litio—, los críticos internos señalan que el estancamiento económico, la inflación y la pérdida de reservas internacionales exigen una renovación profunda.
Rodríguez, con un discurso más juvenil y orientado a la reforma institucional, ha capitalizado parte de ese descontento, pero aún no logra consolidarse como alternativa unificadora.
Pese al fiasco de la convocatoria, García aseguró que el MAS insistirá en tender puentes en los próximos días, incluso con llamados a “sacrificios”, como la renuncia de algunos postulantes para evitar la dispersión del voto progresista. También cuestionó al bloque “evista” por condicionar la unidad a la candidatura de Morales. “Es un error; debería primar una actitud más democrática”, afirmó.
Con el reloj electoral avanzando y un electorado polarizado entre la nostalgia por el crecimiento económico de la era Morales y el malestar por la actual crisis, Bolivia se encamina a unos comicios donde la izquierda podría perder el poder por primera vez en casi 20 años. Para Arce y el MAS, las próximas semanas serán una carrera contrarreloj para cerrar heridas internas y convencer a un electorado que parece cada vez menos dispuesto a respaldar un proyecto dividido.


