SANTA CRUZ, 14 nov (El Libre Observador) — La noticia llegó como un golpe silencioso en plena madrugada del viernes: Francisco Xabier Azkargorta, el entrenador vasco que llevó a Bolivia a su único Mundial por mérito propio, falleció este viernes en Santa Cruz de la Sierra a los 72 años.
Para varias generaciones de bolivianos, su nombre no es solo un recuerdo deportivo, sino una pieza fundamental de identidad colectiva. La clasificación al Mundial de Estados Unidos 1994 —resultado improbable en aquel entonces, casi mítico hoy— convirtió al ‘Bigotón’ en un personaje entrañable, respetado incluso por quienes no vivieron sus tardes de gloria.
La noticia se filtró mientras la selección disputaba un amistoso contra Corea del Sur, un detalle poético y doloroso a la vez: el fútbol boliviano recibió el anuncio en pleno partido, como si la historia quisiera cerrarse en círculo.
Javier Ávila, quien trabajó a su lado en 1993 y en su retorno de 2012, habló entre la pena y la incredulidad. “Estuvo en terapia intensiva estos días y su corazón no resistió más”, contó. El entrenador llevaba más de una década enfrentando problemas cardíacos que se agravaron en el último mes.

Desde hacía años, Azkargorta había hecho de Santa Cruz su hogar definitivo. Allí vivía, trabajaba y quería descansar para siempre. Su última aparición pública se produjo el 21 de octubre, cuando ingresó a un centro médico para exámenes urgentes, mientras una campaña solidaria intentaba recaudar fondos para una cirugía. La dolencia, sin embargo, avanzó más rápido que los esfuerzos.
Licenciado en Medicina y Cirugía por la Universidad de Barcelona, con una carrera futbolística temprana frustrada por una lesión, Azkargorta encontró en los banquillos su segundo destino. Dirigió más de 200 partidos en la primera división española antes de asumir el desafío boliviano en 1991.

En un país que aún buscaba reconstruir su autoestima futbolística, el técnico trajo a Bolivia disciplina, planificación y una visión profesional poco habitual en aquel tiempo. En 1993, después de partidos épicos en La Paz y un equipo que parecía avanzar impulsado por la convicción más que por la lógica, la Verde selló el pase al Mundial.
Esa campaña lo convirtió en un símbolo transversal: un extranjero capaz de leer el alma futbolística boliviana y devolverla convertida en ilusión. Su figura rebasó la frontera del deporte. Fue, para muchos, un líder pedagógico, un motivador de la vieja escuela y un hombre con una mezcla difícil de repetir: rigor europeo, carisma latinoamericano y una curiosa capacidad de adaptación cultural.
La suya fue también una carrera internacional diversa. Dirigió a la selección de Chile, pasó por Yokohama Marinos, por Chivas de Guadalajara, trabajó como director deportivo en Valencia y asesoró proyectos del Real Madrid en el exterior. Volvió a Bolivia para dirigir a Oriente Petrolero, Sport Boys y Bolívar, con la que alcanzó las semifinales de la Copa Libertadores 2024, uno de los golpes de autoridad más llamativos para el fútbol boliviano del siglo XXI.
Azkargorta deja un legado que trasciende las estadísticas: el de un entrenador que hizo creer a un país en su propia capacidad competitiva. Su paso por Bolivia —primero como arquitecto de la clasificación del 94, luego como figura cercana al desarrollo del fútbol local— consolidó una relación emocional poco frecuente entre un técnico extranjero y una afición sudamericana.
Hoy, Bolivia lo despide como a un viejo amigo. El ‘Bigotón’ se queda en la memoria colectiva como el hombre que, desde un banquillo, alteró el destino de un país futbolístico y dejó una lección duradera: que los hitos deportivos, cuando se construyen con convicción, pueden convertirse en patrimonio emocional de toda una sociedad.


