Por Marcelino Romanelo
LA PAZ, 12 ago (El Libre Observador) — La Feria del Libro debería ser, por definición, un territorio donde las ideas puedan encontrarse sin pedir permiso a las trincheras políticas. Un espacio para leer, discutir, disentir y, sobre todo, pensar. Sin embargo, la última edición terminó mostrando algo que ocurre cada vez con mayor frecuencia en Bolivia: incluso los libros terminan atrapados en la disputa entre izquierda y derecha.
La polémica alrededor de Santa Cruz S.A. “Agronegocio y mito empresarial”, de Tito Alberto Saldaña, es un buen ejemplo.
La cancelación de su presentación no puso punto final a la discusión. Ocurrió más bien lo contrario. Como escribió Roxana Jiménez de León, el libro comenzó a aparecer “en los lugares menos pensados”: en mesas, fotografías, conversaciones y redes sociales. El intento de cerrar una presentación terminó dándole al libro una vida política propia.
Y quizá ahí está la paradoja.
Porque ya no se discute solamente un libro. Se discute Santa Cruz. Se discute el agronegocio. Se discute el centralismo. Se discute el papel del Estado. Se discute a las élites económicas. Se discute el medio ambiente. Y, por debajo de todo ello, vuelve a aparecer la vieja pregunta boliviana: ¿qué modelo de país queremos construir?
La respuesta parece estar reorganizándose alrededor de una nueva disputa entre izquierda y derecha.
Durante años, Bolivia estuvo marcada por el predominio político del Movimiento al Socialismo y por un discurso que colocaba al Estado, la redistribución y la crítica al neoliberalismo en el centro del debate. Santa Cruz, en cambio, quedó asociada a una visión más empresarial, descentralizadora y favorable a la iniciativa privada.
Hoy, con el cambio del escenario político nacional, esas diferencias no desaparecieron. Al contrario: parecen haber encontrado nuevas formas de expresarse.
La publicación de Jiménez de León lo demuestra. Su defensa de Santa Cruz no es solamente una defensa regional. Es también una defensa de un modelo económico y de una determinada lectura de la historia boliviana. Su tesis es contundente: Santa Cruz concentra buena parte del dinamismo económico y demográfico del país y, por esa razón, el centro del poder político podría estar desplazándose lentamente desde el occidente hacia el oriente.
Es una hipótesis que merece ser discutida seriamente, no convertida en consigna.
Porque una cosa es reconocer el peso económico y demográfico de Santa Cruz y otra muy distinta concluir que el futuro político del país está predeterminado. Bolivia no es solamente una suma de indicadores económicos. Es también una sociedad de regiones, culturas, identidades e intereses diferentes.
Pero precisamente por eso resulta preocupante que determinadas discusiones sean inmediatamente convertidas en una batalla moral entre “buenos” y “malos”.

Criticar el agronegocio no debería significar despreciar a Santa Cruz. Defender al sector agropecuario tampoco debería significar negar sus problemas. Cuestionar las desigualdades económicas no convierte automáticamente a alguien en enemigo del empresariado. Y defender la iniciativa privada no convierte automáticamente a alguien en representante de una élite.
El problema aparece cuando dejamos de discutir ideas y comenzamos a descalificar identidades.
La izquierda tiene derecho a cuestionar el modelo cruceño. La derecha tiene derecho a defenderlo. Los productores tienen derecho a explicar su realidad. Los ambientalistas tienen derecho a denunciar los daños que consideran existentes. Y los lectores tienen derecho a escuchar todas esas posiciones antes de formar su propia opinión.
Para eso existen los libros.
Por eso la polémica de esta Feria del Libro dice mucho más sobre Bolivia que sobre una sola obra. Muestra que la batalla política ya no se libra únicamente en las urnas, en el Parlamento o en las calles. También se libra alrededor de los relatos: quién cuenta la historia del país, qué entendemos por desarrollo, quién representa al pueblo, qué papel debe tener el Estado y qué lugar ocupará Santa Cruz en la Bolivia que viene.
Y quizá esa sea la verdadera lección de esta feria.
Si un libro puede generar tanta incomodidad, tanta defensa y tanta controversia, entonces probablemente haya tocado una fibra importante de nuestra sociedad. Pero la respuesta a un libro no debería ser silenciarlo. Debería ser escribir otro, debatirlo, refutarlo y demostrar dónde están sus aciertos y dónde sus errores.
Una sociedad democrática no se fortalece cuando consigue que todos piensen igual. Se fortalece cuando puede soportar que sus ciudadanos piensen diferente.
Hasta la Feria del Libro terminó entrando en la disputa entre izquierda y derecha.
Ojalá, al menos, los libros sean capaces de recordarnos que debatir no significa destruir al que piensa distinto.

