LA PAZ, 13 abr (El Libre Observador) — En un salón colmado de empresarios y representantes de más de un centenar de cámaras iberoamericanas, el presidente de Bolivia, Rodrigo Paz, delineó este lunes con palabras simples una ambición compleja de reordenar la economía del país sobre una idea que, en el contexto boliviano, resulta tan disruptiva como polémica.
“Capitalismo para todos”, dijo, como quien busca condensar en una frase el cambio de época que su Gobierno intenta instalar.
El escenario no era casual. La LIII Asamblea General de la Asociación Iberoamericana de Cámaras de Comercio, Industria y Servicios le ofrecía al mandatario un auditorio afín, pero también exigente: inversionistas, ejecutivos y dirigentes empresariales atentos a las señales de un país que durante años osciló entre el control estatal y la desconfianza hacia el capital privado.
Paz habló de certezas. Dijo que el capital debe ser el motor de la riqueza, que sin inversión no hay crecimiento y que sin crecimiento no hay bienestar. Lo explicó en términos casi domésticos: producir, consumir una parte, reinvertir otra. Pero detrás de esa pedagogía había una lectura más profunda: Bolivia, con un 85% de su economía en la informalidad, no puede sostenerse sin ordenar sus bases productivas.
El diagnóstico incluyó una crítica directa al pasado reciente. Los últimos 20 años, afirmó, fueron una oportunidad perdida. El auge de los hidrocarburos, que pudo haber financiado la diversificación económica, terminó, según su visión, atrapado en un modelo ideológico que priorizó el control político sobre la expansión productiva.
“Bajo el agua”, resumió, para describir un periodo que, a su juicio, no logró traducir bonanza en desarrollo estructural.
Sin embargo, el relato presidencial no se detuvo en la crítica. Hubo también espacio para reivindicar la capacidad de transformación del país. Citó el caso de Santa Cruz como símbolo de un crecimiento acelerado en pocas décadas, y el de El Alto como ejemplo de una economía emergente que se construyó desde abajo. Entre ambas geografías, y junto a Cochabamba, dibujó un eje que, según dijo, hoy sostiene buena parte del desarrollo nacional.
Pero el mensaje central fue otro: la urgencia de actuar. “Hay que ser audaces”, repitió varias veces, como si quisiera instalar una consigna más que un argumento. La audacia, en su discurso, se traduce en señales económicas como la caída del riesgo país, el repunte de expectativas en sectores productivos, el intento de recuperar la confianza.

Esa confianza, sin embargo, no se juega solo en el frente interno. Paz dedicó un tramo relevante a la política exterior, quizá consciente de que el capital también observa desde fuera. En apenas cinco meses, subrayó, Bolivia ha pasado de una relativa clausura internacional a retomar contactos con líderes globales, desde Donald Trump hasta Luiz Inácio Lula da Silva. No se trata, insistió, de ideología, sino de pragmatismo: integrarse para producir, comerciar y crecer.
En ese mismo registro, el Gobierno ha comenzado a desplegar medidas concretas: reformas tributarias, alivios fiscales, cambios en el sistema de contrataciones públicas y promesas de mayor seguridad jurídica. Son piezas de un engranaje que busca, paso a paso, desmontar prácticas del pasado y construir nuevas reglas de juego.
“No es la época de un solo decreto”, advirtió, en alusión implícita a los ajustes drásticos de otras décadas. Su apuesta es distinta: una transformación gradual, capaz de adaptarse a la diversidad de un país que ya no responde a esquemas simples.
El cierre del discurso volvió al tono casi íntimo del inicio. Paz habló de Cochabamba como “el corazón del corazón” de Bolivia y recordó los años de bloqueo y parálisis que marcaron a la región. Hoy, dijo, es momento de reconstruir.
El desafío, sin embargo, es mayor que una consigna. Convertir el “capitalismo para todos” en una política tangible implica equilibrar expectativas sociales, atraer inversión y sostener la estabilidad en un país donde la economía es, también, un campo de disputa política. Bolivia, otra vez, ensaya un giro. El resultado aún está por escribirse.

