LA PAZ, 30 mar (El Libre Observador) — La temporada de lluvias en Bolivia ha dejado de ser un ciclo previsible para convertirse en una crisis prolongada. Desde noviembre de 2025, las precipitaciones no han dado tregua y ya dejan un saldo de al menos 37 muertos, 14 desaparecidos y más de 130.000 familias afectadas, en un país donde el agua ha comenzado a redefinir el mapa de la emergencia.
Los ríos crecidos, las carreteras cortadas y las laderas inestables componen una escena que se repite de norte a sur. En 28 municipios, las autoridades locales han declarado el desastre, desbordadas por la magnitud de los daños. En el departamento de La Paz, el más golpeado, 14 municipios concentran el impacto más severo, mientras Santa Cruz, Cochabamba, Potosí y Tarija enfrentan también las consecuencias de una temporada inusualmente intensa.
El balance, sin embargo, está lejos de cerrarse. “Es probable que la cifra de fallecidos aumente”, admiten desde Defensa Civil, donde los equipos de rescate avanzan lentamente a medida que el agua retrocede y deja al descubierto zonas antes inaccesibles. La búsqueda de 14 personas desaparecidas continúa en medio de terrenos inestables, donde cada lluvia reabre el riesgo.
Detrás de la persistencia de las precipitaciones, los expertos señalan una combinación poco habitual de fenómenos climáticos: El Niño y La Niña actuando de forma sucesiva y alterando los patrones tradicionales. El resultado es una temporada que se alarga más allá de marzo, su límite histórico, y que ahora se proyecta hasta mediados de abril, según las previsiones oficiales.
La crisis no es solo meteorológica. En las zonas rurales, las lluvias han arrasado cultivos y afectado la seguridad alimentaria de miles de familias. En las ciudades, los deslizamientos amenazan barrios enteros construidos en laderas, mientras las infraestructuras viales, clave en un país de geografía accidentada, se vuelven frágiles ante cada tormenta.

En regiones como los Yungas, el norte de La Paz, el Beni o el Chapare, la vulnerabilidad es estructural. Allí, los desbordes de ríos y los derrumbes son parte de una rutina que se intensifica con cada temporada, pero que este año ha alcanzado niveles críticos. El tránsito se interrumpe, las comunidades quedan aisladas y la respuesta estatal se vuelve más compleja.
El Gobierno ha activado un gabinete de crisis y ha reforzado las alertas meteorológicas, pero la advertencia es clara: lo peor podría no haber pasado. Con el suelo saturado y las lluvias aún activas, el riesgo de nuevos deslizamientos y crecidas se mantiene latente.
Bolivia enfrenta así una emergencia que combina el impacto inmediato de las lluvias con un desafío más profundo como la adaptación a un clima cada vez más impredecible, en un territorio donde la geografía amplifica cada extremo. Mientras tanto, miles de familias esperan que el agua finalmente ceda y permita empezar de nuevo.

