Por Marcelino R. Mansilla
LA PAZ, 27 jun (El Libre Observador) – El empresario y candidato presidencial, de la alianza Unidad, Samuel Doria Medina, parece empeñado en reciclar el viejo libreto de los años 90 y los créditos millonarios de organismos internacionales bajo la lupa de: privatización disfrazada de “capitalización”, apertura comercial total sin respaldo logístico, promesas al por mayor a los agropecuarios, ofrecimientos abstractos de generación de empleo, y la oferta de su currículo empresarial como política de Estado.
En el Foro Agropecuario 2025, su discurso fue, al mismo tiempo, una declaración de principios y una preocupante renuncia al sentido común económico. Porque si algo quedó claro, es que no hay plan para solucionar la crisis agobiante del país, el mercado interno, ni propuesta sólida para el comercio exterior, ni defensa del productor nacional.
Doria Medina habló de vender las empresas estatales “que no funcionan”, de “abrir completamente las exportaciones” y de “traer divisas al país”, como si la economía boliviana fuera una planilla Excel con fórmulas mágicas. No dijo cómo. No explicó con qué base logística. No mencionó las rutas, los puertos, los mercados ni los tratados regionales. Ni siquiera nombró el Mercosur, la CAN o los BRICS, de los que Bolivia es socio desde este año.
Tampoco mencionó un punto clave en la estructura económica nacional: ¿cómo sostendrá el mercado interno si se liberalizan los precios y se desmantelan las empresas públicas que hoy buscan garantizar alimentos subvencionados, servicios y empleo? No es una pregunta menor.
Bolivia, a diferencia de otros países de la región, ha consolidado en los últimos 15 años un entramado de empresas estratégicas en hidrocarburos, electricidad, minería, alimentos y telecomunicaciones, que no solo generan excedentes, sino que permiten —aun con falencias— mantener precios estables y subsidios cruzados.

EL ESPEJO DE LOS 90
La propuesta de Doria Medina evoca inevitablemente la década del ajuste estructural. En ese entonces, el mandatario Jaime Paz (1989-1993), del cual fue ministro de Planificación, impulsó la “privatización” o del presidente Gonzalo Sánchez de Lozada aplicó la “capitalización” de las empresas públicas bajo el argumento de que el Estado era ineficiente. Se entregaron YPFB, ENTEL, ELFEC, y otras al capital extranjero. ¿El resultado? Inversión limitada, fuga de capitales, pérdida de soberanía y, finalmente, una crisis social que estalló en 2003 y provocó su renuncia en medio de una revuelta popular por el gas.
Revivir ese modelo, dos décadas después y en un contexto internacional marcado por la desglobalización parcial, la relocalización industrial y la crisis de las cadenas de suministros, es no haber aprendido nada. A diferencia de los 90, hoy la mayoría de los países sudamericanos —incluidos gobiernos de derecha como los de Uruguay o Paraguay— no proponen privatizaciones masivas, sino alianzas público-privadas con fuerte regulación estatal y compromiso con el desarrollo nacional.
En cambio, Doria Medina promete desmontar lo público sin decir qué vendrá después. El riesgo no es solo económico. Es político y social.

EL SUEÑO DEL EMPRENDEDURISMO
Presentarse como “el único que ha creado empleos” y asegurar que no es un político sino un emprendedor es parte de su narrativa. Pero no alcanza. Un país no es una empresa. Y un Estado no se administra como una fábrica de cemento o un edificio inmobiliario de uso mixto (Green Tower). La gestión pública requiere equilibrio macroeconómico, justicia social y visión de largo plazo. Lo que Doria Medina ofrece, por ahora, es un espejismo de eficiencia sin institucionalidad, de crecimiento sin redistribución.
En su intervención ni siquiera se refirió al rol de las micro y pequeñas empresas, al cooperativismo, ni al comercio informal que sostiene al 70% de la población económicamente activa. ¿Qué hará con ellos? ¿Los dejará a merced del “mercado”?
Tampoco explicó cómo su propuesta dialoga con el proceso de industrialización del litio, el hidrógeno verde, o la integración energética regional. ¿Qué lugar ocupará Bolivia en un mundo que gira hacia las tecnologías limpias, si su candidato estrella está anclado en recetas del pasado?
ENTRE BUKELE Y EL MARKETING
Lo más preocupante es el intento de simplificar la política en slogans y recetas rápidas. En eso, Doria Medina se parece más a un Bukele boliviano que a un verdadero modernizador. La diferencia es que, mientras Bukele invierte en seguridad, tecnología y exportación de servicios digitales, Doria Medina quiere exportar materia prima y volver al extractivismo sin reinversión. En pleno siglo XXI, eso no es progreso. Es rendición.

BOLIVIA NO NECESITA VENDERSE, NECESITA CONSTRUIRSE
Lo que Bolivia necesita hoy es un proyecto de Estado que combine competitividad con justicia, que fortalezca su mercado interno y abra oportunidades al exterior, sin regalar sus activos estratégicos ni desmantelar su tejido productivo.
Prometer más exportaciones sin decir cómo, hablar de vender empresas sin decir cuáles ni con qué condiciones, y repetir que se sabe crear empleos sin mostrar una política pública seria, es insuficiente y, peor aún, peligroso.
Doria Medina no propone un cambio: propone un retroceso. Y Bolivia, golpeada por la polarización, la crisis económica, déficit fiscal, déficit comercial, escasez de divisas, la deuda y la incertidumbre política, no está para espejismos. Está para ideas serias, realistas y responsables. O lo que es lo mismo: para todo lo que su propuesta todavía no es.


