LA PAZ, 27 jun (El Libre Observador) — El presidente del Sendo y candidato presidencial por Alianza Popular, Andrónico Rodríguez, dará el primer paso oficial de su campaña electoral este sábado en la plaza Villarroel de La Paz, ciudad sede de gobierno. Será una imagen simbólica: sin Evo Morales, sin Luis Arce y un débil candidato oficialista del MAS, Eduardo Rodríguez, pero con la convicción de ser, como él mismo dice, “el piloto” de una nueva etapa para la izquierda boliviana. A sus 36 años, Rodríguez no solo encabeza una candidatura, sino que carga con el peso de un legado fracturado.
En menos de dos décadas, el Movimiento al Socialismo (MAS) pasó de ser la fuerza más arrolladora de la historia democrática boliviana a un movimiento dividido en tres bloques: los leales a Evo Morales, el ala institucional de Luis Arce y el emergente frente de renovación que impulsa a Rodríguez.
Desde las elecciones de 2005, cuando Morales arrasó con más del 50% de los votos y hasta el histórico 64% en 2009, la izquierda se había mantenido unificada en torno a su figura. Pero tras su polémica salida del poder en 2019 y el accidentado interinato de Jeanine Áñez, el tablero político cambió.
Arce fue la carta de regreso del MAS en 2020, con un discurso técnico y estabilizador. Sin embargo, la gestión económica golpeada por la pandemia, los conflictos internos con Morales y el desgaste institucional, debilitaron su base política. El exministro de Economía dejó de ser la garantía de continuidad. Morales, por su parte, se replegó a su bastión en el Trópico, pero sin resignar control: promovió candidaturas paralelas, criticó abiertamente al gobierno de Arce y buscó su regreso para 2025. La decisión judicial que lo inhabilitó marcó el final de su ambición inmediata.
En ese vacío aparece Rodríguez, un dirigente formado entre los sindicatos cocaleros del Chapare, la universidad pública y el Congreso Nacional. “Tenemos el vehículo, tenemos la llave, tenemos el piloto”, dijo tras la confirmación de su candidatura por parte del Tribunal Constitucional. Sus palabras, sobrias pero firmes, no esconden la dimensión histórica de su desafío: volver a unificar al electorado popular bajo una propuesta que no niegue el pasado, pero que tampoco quede atrapada en él.

DEL SINDICATO AL SENADO: LENTA CONSTRUCCIÓN DE UN LIDERAZGO
Nacido en 1989 en Sacaba, Cochabamba, e hijo de campesinos quechuas, Andrónico creció en Entre Ríos, una de las zonas cocaleras más influyentes del país. Desde niño acompañó a sus padres a reuniones sindicales, y como él mismo ha contado, su primer contacto con la política fue un afiche de Evo Morales colgado en la sala de su casa.
Estudió Ciencias Políticas en la Universidad Mayor de San Simón y desde joven participó en las Juventudes Estudiantiles de las Seis Federaciones del Trópico, antes de convertirse en su vicepresidente. Morales lo llevó a la escena nacional, lo impulsó como símbolo de la renovación y, durante años, fue visto como su delfín político. Sin embargo, con el paso del tiempo, Rodríguez ganó autonomía, distanciándose tanto del expresidente como del actual mandatario.
Esa autonomía le ha costado reproches. Morales lo acusó recientemente de ser un “instrumento de la derecha” y de haberse alejado del pueblo. Rodríguez no devolvió los golpes con dureza, pero fue claro: “Yo no seré desleal ni traidor, pero también todos podemos equivocarnos”. Su actitud refleja una estrategia deliberada: no romper con el pasado, pero marcar una diferencia generacional y política con sus mentores.

UNA IZQUIERDA DIVIDIDA FRENTE A UNA DERECHA FRAGMENTADA
La irrupción de Rodríguez como candidato no resuelve, pero sí reconfigura el tablero electoral. Según la última encuesta de Unitel, el joven senador alcanza el 14,2% de intención de voto, superando a otros actores de izquierda y posicionándose como tercer lugar detrás de Samuel Doria Medina (19,1%) y Jorge “Tuto” Quiroga (18,4%). El mapa político boliviano, no obstante, se mantiene volátil: sin una derecha unificada ni una izquierda cohesionada, el electorado se mueve entre la nostalgia, el desencanto y la búsqueda de nuevas certezas.
Desde 2006, el llamado “proceso de cambio” marcó una época en Bolivia: crecimiento económico sostenido, nacionalización de recursos estratégicos, ampliación de derechos y visibilidad indígena. Pero también centralización del poder, conflictos judiciales, denuncias de corrupción y una creciente desconexión con sectores urbanos. La polarización se convirtió en norma, y el MAS, antes “movimiento de movimientos”, se tornó un partido anclado en disputas intestinas.
Rodríguez intenta hablarle a ese país cansado de extremos. En foros de Santa Cruz —bastión opositor— ha abogado por la tolerancia y el diálogo. En encuentros sindicales, ha defendido las conquistas sociales del pasado. Su mayor reto será convencer a ambos públicos sin perder identidad: ser creíble en el este y legítimo en el oeste, construir puentes sin quedar atrapado en el medio.

¿UN NUEVO CICLO PARA LA IZQUIERDA?
La politóloga Susana Bejarano aseguró que el joven político tiene cintura política, hay indecisos del 30 por ciento (la mayoría evistas sin candidato) al que debe ser capaz de conquistar, algo poco común en el contexto actual.
Pero más allá del análisis académico, la verdadera prueba será en las calles y en las urnas. Bolivia es un país que no olvida: los símbolos pesan, los liderazgos dejan huella. Y Rodríguez, que llegó al Senado con apenas 31 años y fue reelegido como presidente de esa cámara en múltiples ocasiones, sabe que este sábado no solo inicia una campaña, sino una nueva disputa por el alma de la izquierda boliviana.
¿Logrará ser más que el heredero de Evo? ¿Podrá tender puentes sin renunciar a su raíz popular? ¿Será capaz de ofrecer una alternativa real sin repetir los errores del pasado?
Por ahora, en la Plaza Villarroel, comenzará a escribirse esa historia.


