Por Hugo Juan Gutiérrez
LA PAZ, 26 sep (El Libre Observador) – La reciente revelación del llamado “Plan Tambaquí” pone en evidencia, una vez más, la ambición desmedida de Evo Morales, quien parece dispuesto a sacrificar la estabilidad democrática de Bolivia en su afán de retomar el poder. Esta estratagema, orquestada por sus acólitos más cercanos, busca no solo la destitución del presidente Luis Arce, sino también la imposición de un nuevo orden político, con Andrónico Rodríguez como figura transitoria y Morales como el eventual candidato para las elecciones de 2025.
El “Plan Tambaquí” no es solo una maniobra política; es una amenaza directa contra la democracia boliviana. Bajo el disfraz de reivindicaciones populares, Morales y sus aliados en el “evismo” pretenden forzar la renuncia de Arce o el adelanto de elecciones, una jugada que no responde a las necesidades del país, sino a los intereses personales de un expresidente que se niega a ceder el control.
El líder campesino afín al evismo, Ponciano Santos, un peón clave en esta operación, ha revelado el plan y dejado claro el ultimátum: Arce debe renunciar, adelantar las elecciones o enfrentarse a una escalada de presión social. Esta declaración, lejos de ser un acto aislado, es el primer movimiento en una partida de ajedrez que Morales juega con maestría desde hace años. La cuestión no es si el expresidente busca regresar al poder, sino a qué costo está dispuesto a hacerlo.

El discurso de Morales en un cabildo tras la marcha desde Caracollo a La Paz fue calculado y estratégicamente ambiguo. Mientras aseguraba que su misión estaba cumplida y se retiraba al Trópico de Cochabamba a «cosechar tambaquí», delegaba a sus bases la continuidad de una lucha que, en realidad, no tiene otro fin que allanar el camino para su retorno. Es, en esencia, una renuncia aparente, un teatro político que busca desmarcar a Morales de la violencia que pueda desatarse en los próximos meses.
Lo más preocupante del “Plan Tambaquí” es que, pese a sus implicaciones, Morales busca por todos los medios mantenerse al margen del estigma de golpista. El exmandatario ha sido cuidadoso en no asumir públicamente la responsabilidad de las acciones más radicales de sus seguidores. En lugar de ello, ha dejado que los actores secundarios ejecuten las amenazas y movilizaciones, mientras él mantiene su imagen de líder preocupado por el pueblo y su futuro económico como “cosechador” de tambaquí.

Este doble discurso no es nuevo en Morales. Además, durante su mandato, mostró una habilidad sorprendente para manipular las narrativas a su favor, retratándose como defensor de los sectores más vulnerables, al mismo tiempo que consolidaba su poder para hacer del Chapare su finca envuelta estigmatizada por el narcotráfico y avanzaba sus propios intereses políticos.
Asimismo, su careta de “patria o muerte” se cayó a pedazos, pues emergió su cobardía cuando se vio obligado a renunciar a la presidencia en noviembre de 2010, cuando prefirió huir del país y dejar huérfano e indefenso a ese pueblo luchador que ofrendó su vida por los ideales de una izquierda revolucionaria.
Lo que más inquieta de esta situación es la falta de escrúpulos con la que se maneja esta operación. El propio Santos ha revelado que las bases del “evismo” están dispuestas a llegar hasta las últimas consecuencias. En otras palabras, el costo en vidas y la posible desestabilización del país no son obstáculos para quienes buscan garantizar la candidatura de Morales en 2025.
La insistencia en que el objetivo del “Plan Tambaquí” es puramente político, sin reivindicaciones sociales ni económicas, subraya el carácter personalista de esta cruzada. No se trata de mejorar las condiciones de vida de los bolivianos, sino de asegurar que Evo Morales permanezca en el tablero político, cueste lo que cueste.

Es importante que la ciudadanía y la comunidad internacional comprendan la magnitud de esta amenaza. No es solo un conflicto interno entre el presidente Arce y su predecesor; es una lucha por el futuro de la democracia boliviana. Si el “Plan Tambaquí” tiene éxito, las instituciones del país quedarán aún más debilitadas, y el camino hacia un nuevo régimen autoritario estará pavimentado.
El retorno de Morales al poder, de manera directa o indirecta, sería un retroceso para Bolivia. La historia reciente del país está marcada por su prolongado gobierno, que terminó en una crisis institucional profunda. ¿Estamos dispuestos a repetir ese ciclo?
La ambición política de Morales, lejos de haber disminuido, sigue siendo una fuerza desestabilizadora. El “Plan Tambaquí” es su último intento de retomar el control, pero en su camino no está solo la figura de Luis Arce, sino la democracia misma. Bolivia merece algo más que una repetición de viejas ambiciones disfrazadas de luchas populares.


