Por Vladimir Huarachi Copa
LA PAZ, 13 ene (El Libre Observador) — La situación por la que atraviesa la izquierda en Bolivia, al menos en lo que va del presente siglo, se ha visto atrapada en tradiciones que resultan imposibles de ser criticadas. En lugar de construir nuevas tradiciones que le permitan trascender hacia otra forma de hacer política acorde a los tiempos que vive el país, la izquierda ha optado por aferrarse a prácticas que la inmovilizan. Otro elemento que merece ser observado es la falta de reconocimiento de las reglas de la democracia, motivo por el cual no se genera un hálito de confianza en las distintas generaciones de ciudadanos. Un ejemplo claro de ello es la actual administración de Rodrigo Paz, que viene perdiendo progresivamente la confianza de su electorado.

A estos dos elementos se suma que la izquierda boliviana, durante los últimos años, ha transitado de una lógica de perseguidos a perseguidores, o bien se ha instalado en la lógica amigo/enemigo. Si bien este fenómeno no puede atribuirse exclusivamente a la izquierda, puesto que en los tiempos del gobierno de Paz esta lógica sigue siendo parte del tejemaneje de su administración, lo cierto es que, bajo esta dinámica, no se está construyendo un andamiaje mínimo que sostenga la base de la democracia: la paz social.
Ahora bien, otro factor que explica el declive de la izquierda boliviana se encuentra en los años de hegemonía del Movimiento al Socialismo – Instrumento Político por la Soberanía de los Pueblos (MAS–IPSP) y, particularmente, tras su retorno al poder en el contexto de la COVID-19. El respaldo interno que debía haberse consolidado dentro de esta organización política terminó resquebrajándose por la acción de quien debía marcar las directrices: Evo Morales. Este actor político, que tuvo en sus manos la posibilidad de fortalecer su instrumento político, optó por lo contrario, cercenando al presidente que él mismo eligió, Luis Arce. En medio de esta disputa de poder entre Evo y Lucho, también se terminó afectando a quien, para muchos, representaba una posible salida para la izquierda: Andrónico Rodríguez.
Esta izquierda canibalista del MAS–IPSP, en su afán desmedido de poder por parte de sus líderes, terminó arrastrando al país hacia una crisis multidimensional, al borde del colapso, producto de una administración desacertada. Hoy, tras la disputa por el poder, la facción evista no reconoció su derrota; mientras que Arce y su entorno dentro del MAS–IPSP, si bien la reconocieron formalmente, no asumieron que dejaron a su propia facción en estado de coma. Andrónico, por su parte, también aceptó su derrota, pero no logró dejar visos de esperanza para quienes respaldaron su candidatura sin condiciones.
Más o menos, este es el escenario en el que quedó la izquierda tras las elecciones presidenciales de 2025. Entonces surge la pregunta: ¿cuál debería ser el rumbo de la izquierda en Bolivia? ¿Debería encaminarse hacia una izquierda democrática, aquella a la que Andrónico hacía referencia en algunos de sus discursos? Observando el escenario político actual, a la izquierda boliviana, tras tantos años de experiencia en el poder, aparentemente no le queda otro camino que transitar hacia una izquierda democrática, capaz de construir una tradición democrática que: a) reconozca las reglas del juego establecidas en la Constitución Política del Estado; b) priorice una visión de país antes de encerrarse en la lógica amigo/enemigo; y c) reconozca sus derrotas electorales.
Por tanto, quizá bajo estos elementos, retomados de Hugo José Suárez en su artículo “Chile: una izquierda democrática”, la izquierda boliviana deba alinearse para proyectar su porvenir histórico. Pues, si bien Bolivia atraviesa los primeros meses de un nuevo tinte político bajo el liderazgo de Rodrigo Paz, sus prácticas políticas parecen ser la prolongación de los gobiernos de izquierda que conocieron las nuevas generaciones de ciudadanos, solo que ahora con una narrativa distinta. En este contexto, la presión social se ha convertido en el único medio para contrarrestar medidas que van en desmedro del colectivo social, tal como se ha evidenciado en las últimas semanas de conflictos sociales en torno al Decreto Supremo 5503.


