Por Marina Gutiérrez M.
LA PAZ — En el tejido de la vida, la tragedia se despliega sin contemplaciones, sin distinción de fortunas o desventuras. Sin embargo, es innegable que los privilegios conferidos a los millonarios les brindan un amplio abanico de comodidades y un margen de seguridad más amplio que los mortales comunes. La reciente tragedia que envolvió al empresario y ex presidente chileno, Sebastián Piñera, quien pereció en un fatal accidente de helicóptero, es simplemente una manifestación de esta realidad contrastante omnipresente.
La historia de cómo Piñera perdió la vida en su intento de llegar a almorzar a su casa en helicóptero, en lugar de optar por un vehículo terrestre, es reveladora. A pesar de las adversas condiciones climáticas y las advertencias de amigos, decidió subirse a su aeronave.
El trayecto de una casa a otra, que en auto demora unos 50 minutos, por aire solo tarda unos siete minutos. A unos 400 metros de la orilla, por causas que aún se investigan, perdió el control del helicóptero, que se precipitó al agua.
Tres de los tripulantes que lo acompañaban, su hermana Magdalena Piñera, su amigo Ignacio Guerrero y su hijo Bautista, lograron salvar sus vidas. No así el empresario, que se hundió con la nave, porque no se atascó el cinturón de seguridad.

Desde una perspectiva reflexiva, es evidente cómo la narrativa de la tragedia cambia dependiendo de quién sea el protagonista y si tiene trascendencia o es un simple mortal. Cuando los protagonistas son millonarios, la historia se envuelve en el manto de la extravagancia: transportes aéreos privados y la espectacularidad de la vida opulenta. Pero, ¿qué ocurre cuando el destino decide cobrar su cuota, sin distinción de cuentas bancarias?
El relato de la tragedia del helicóptero choca de frente con la realidad cruda y despiadada. No hay héroes ni leyendas, solo víctimas y testigos de una fatalidad que desgarra vidas y destinos. La imagen del helicóptero siniestrado se desvanece en el agua, arrastrando consigo sueños, esperanzas y la presunción de invulnerabilidad que el dinero otorga.
En este escenario trágico, se erige la cruel paradoja de la muerte: mientras algunos mueren en sus lujosos helicópteros, otros son atropellados en las calles polvorientas de la pobreza. La muerte no discrimina, pero la vida sí lo hace. La falta de recursos no solo limita las oportunidades de escapar de la tragedia, sino que también multiplica los riesgos que acechan en cada esquina.
En última instancia, la tragedia del helicóptero y los atropellos en las calles son dos caras de la misma moneda: la fragilidad de la existencia humana. Más allá de las diferencias de estatus económico, reside la verdad inmutable de nuestra mortalidad compartida. En este mundo incierto y despiadado, la única certeza es la inevitable igualdad ante la muerte.

