Por Carmelo Ramos
LA PAZ, 6 nov (El Libre Observador) — Por primera vez en 20 años, la calle boliviana no tiene dueño hegemónico. Y Edmand Lara lo sabe. El vicepresidente electo, quien recibió respaldo popular, ha decidido moverse antes de sentarse formalmente en su despacho, buscando algo que quedó huérfano: la base social que sostuvo al MAS durante dos décadas y que hoy está en un limbo político, caótica, fragmentada, desconcertada y sin rumbo.
No es casualidad. No es improvisación. Es lectura de la coyuntura política que vive Bolivia, tras el marginamiento de la izquierda popular que encabezó Evo Morales durante 20 años y que llevó al masismo a la hegemonía del poder.
El MAS perdió la centralidad histórica: ya no ordena el sistema, ya no define el pulso del conflicto, ya no representa el “sentido común” popular. Su fractura interna ha expulsado a miles de dirigentes, federaciones y estructuras intermedias a un territorio sin conducción. Y ahí es donde entra Lara.
Con una narrativa antiélite y una estética deliberadamente “de calle”, el vicepresidente electo ha empezado a tender puentes con sindicatos, gremios y organizaciones que fueron columna vertebral del poder popular: trabajadores mineros, campesinos, mujeres indígenas, obreros fabriles, transportistas.
Lara está reconociendo algo que toda la dirigencia tradicional parece ignorar: la política boliviana no se define en el Congreso; se define en las calles y los territorios sociales.
Y está moviéndose rápido, sin retórica tecnocrática, sin solemnidades, sin mediaciones partidarias. Es un juego riesgoso, porque heredar bases que fueron forjadas en un proyecto histórico tan extenso como el MAS no es trivial. Pero si le resulta, puede alterar la arquitectura real del poder boliviano.

LA CRÍTICA NECESARIA
Este movimiento también tiene una dimensión problemática: Lara está intentando seducir a una masa social que está agotada y que no ha discutido aún hacia dónde quiere ir. Es decir, pretende ocupar un vacío sin que el país haya rediscutido su modelo. Puede convertirse en una operación oportunista, simbólica, populista en esteroides.
Hay que decirlo: lo que Lara está haciendo hoy no es todavía política pública; es política emocional. Es, literalmente, captura precoz de imaginarios antes de asumir.
La decisión de enviar invitaciones a todas las organizaciones sociales para la transmisión de mando del 8 de noviembre no es un gesto administrativo: es un mensaje político.
Lara está diciendo: “yo soy el interlocutor, vengan conmigo, el nuevo Gobierno va con ustedes”.
En la historia política boliviana esa frase ha tenido peso enorme: desde el MNR de 1952 hasta el MAS del siglo XXI.

EL PODER REAL
El próximo ciclo político no se jugará entre facciones parlamentarias ni entre tecnócratas del gabinete. Se jugará en el espacio que siempre definió quién manda en Bolivia: la calle, los sindicatos, las organizaciones y los sectores populares. El MAS dejó huérfano ese territorio. Lara quiere ser el nuevo tutor.
La pregunta estratégica —y la advertencia crítica— es esta: ¿Puede el país construir futuro real sin discutir qué hacer con esa fuerza social antes de apropiársela políticamente?
Lara ya tomó posición, quiere liderar un nuevo populismo en Bolivia. El resto del sistema político todavía no se ha enterado.

