LA PAZ, 21 ago (El Libre Observador) – Bolivia ha entrado en terreno desconocido. El Tribunal Supremo Electoral (TSE) confirmó este miércoles, con el 100% de las actas escrutadas, que el país celebrará por primera vez en su historia un balotaje presidencial. El 19 de octubre, los bolivianos deberán elegir entre Rodrigo Paz, del Partido Demócrata Cristiano (PDC), y el exmandatario Jorge “Tuto” Quiroga, de la alianza Libre.
La votación del 17 de agosto, marcada por una participación superior a los 7,9 millones de ciudadanos, evidenció el declive del tradicional dominio de un solo bloque político y el ascenso de una competencia más fragmentada. Paz se impuso en primera vuelta, pero sin alcanzar la mayoría necesaria, con un respaldo que refleja tanto el voto urbano como el apoyo de nuevas generaciones de electores. Quiroga, por su parte, capitalizó la memoria de un pasado de gestión conservadora y un discurso centrado en la “estabilidad”.
El resultado abre un capítulo de incertidumbre. Bolivia no solo estrenará el mecanismo de segunda vuelta, sino que lo hará en un momento de fuerte presión económica y social.
Desde 2023, el país atraviesa una prolongada escasez de dólares que ha disparado el valor de la divisa estadounidense en el mercado paralelo, encareciendo las importaciones y agravando la inflación. En julio, el índice de precios acumulaba ya un 16,9% en 2025, más del doble de lo proyectado por el propio Gobierno. A ello se suma la crisis de combustibles, que en las últimas semanas provocó largas filas en gasolineras y protestas de transportistas.
La confirmación marca un hito político para Bolivia, habituada durante las dos últimas décadas a triunfos en primera vuelta con mayorías absolutas. El proceso abre un escenario de incertidumbre y de reconfiguración de fuerzas, en un país que atraviesa tensiones económicas y sociales y que vive el Bicentenario de su independencia en 2025.
Según los datos finales difundidos por el TSE, la fórmula Paz Pereira–Edman Lara Montaño obtuvo la primera posición frente a siete binomios en competencia. Según los datos oficiales del cómputo nacional, el PDC obtuvo el 32,06 por ciento de los votos, equivalente a 1.717.532 sufragios.
En segundo lugar, con 1.430.176 votos (26,70 por ciento), quedó la dupla Quiroga–Juan Pablo Velasco, que disputará la presidencia en el balotaje.
En tercer puesto se ubicó la alianza Unidad, con Samuel Doria Medina y José Luis Lupo, que sumaron 1.054.568 sufragios (19,69 por ciento), cifra suficiente para garantizar representación legislativa, pero no para ingresar a la segunda vuelta.
El cuarto lugar fue para Alianza Popular, encabezada por Andrónico Rodríguez y Mariana Prado, con 456.002 votos (8,51 por ciento); en quinta posición quedó Autonomía para Bolivia–Súmate, del alcalde cochabambino Manfred Reyes Villa y el concejal cruceño Juan Carlos Medrano, con 361.640 votos (6,75 por ciento).
Más relegado se situó el oficialista Movimiento al Socialismo (MAS), que participó dividido y obtuvo con su candidato, el exministro Eduardo del Castillo, 169.887 votos (3,17 por ciento), apenas suficiente para mantener su personería jurídica. En contraste, dos fuerzas menores, Fuerza del Pueblo y Libertad y Progreso/ADN, no alcanzaron el umbral del 3 por ciento y perderán su inscripción legal.
Los votos blancos fueron del 2,50 por ciento (172.835 votos), mientras que los votos nulos fueron del 19,87 por ciento (1.371.049 votos).

La política en transición
El balotaje no solo enfrenta a dos candidatos, sino a dos estilos de liderazgo. Rodrigo Paz, hijo del expresidente Jaime Paz Zamora, se presenta como heredero de la tradición socialdemócrata, con un discurso renovador y la promesa de un “nuevo pacto generacional”. Su campaña ha conectado con un electorado joven —el 23% de los votantes tiene menos de 30 años— y urbano, que busca cambios tras años de volatilidad política.
En el otro extremo, Quiroga, de 64 años, encarna la experiencia política. Gobernó Bolivia entre 2001 y 2002 y mantiene vínculos con los sectores empresariales de Santa Cruz, el motor económico del país. Su propuesta gira en torno a recuperar la confianza internacional y estabilizar la economía a través de una gestión conservadora y tecnocrática.
Pero ambos contendientes llegan a octubre con un desafío común: convencer a un electorado que, en gran parte, se inclinó por otras opciones en primera vuelta. Terceras fuerzas como la de Samuel Doria Medina (Unidad), con casi el 20% de los votos, podrían inclinar la balanza.
Una democracia bajo la lupa
El proceso electoral boliviano ha estado bajo una vigilancia inédita. Más de 3.500 observadores nacionales e internacionales, incluidos enviados de la OEA, la Unión Europea, Naciones Unidas y la Unión Interamericana de Organismos Electorales, siguieron la jornada. El presidente del TSE, Óscar Hassenteufel, lo calificó como “el despliegue más amplio de control electoral en la historia democrática del país”.
La desconfianza persiste como telón de fondo. El recuerdo de las elecciones de 2019, anuladas tras acusaciones de fraude y que desembocaron en la renuncia de Evo Morales y una crisis política que dejó decenas de muertos, sigue vivo en la memoria colectiva. Esta vez, el uso del Sistema de Resultados Electorales Preliminares (Sirepre) permitió ofrecer datos rápidos y consistentes con el cómputo oficial, en un esfuerzo por blindar la credibilidad del proceso.
El balotaje de octubre será decisivo no solo por definir al próximo presidente, sino por marcar la hoja de ruta del Bicentenario de Bolivia en 2025. El país llega a esta cita cargado de deudas estructurales: un modelo económico sostenido en las rentas del gas en declive, una inflación en alza, la pérdida de reservas internacionales y un sistema político fragmentado que dificulta la gobernabilidad.
Para Paz y Quiroga, la segunda vuelta será un examen de liderazgo, pero también de capacidad de tender puentes en una sociedad polarizada. Quien gane tendrá que enfrentar, de inmediato, la escasez de divisas y de combustibles, el aumento del costo de vida y las demandas de una juventud que exige mayor inclusión política y social. Bolivia se prepara, en definitiva, para un desenlace electoral inédito. Una cita que pondrá a prueba no solo a los candidatos, sino también a las instituciones, la resistencia económica del país y la confianza ciudadana en la democracia.


