LA PAZ, 4 nov (El Libre Observador) — En Bolivia, la transición de mando avanza sin estridencias pero con gestos simbólicos inusualmente calculados. El Gobierno saliente de Luis Arce prepara su despedida institucional con una señal política contundente: los 17 ministros de su gabinete presentarán su renuncia colectiva este miércoles, durante su última reunión formal, para despejar el camino al presidente electo Rodrigo Paz, que asumirá el sábado 8 de noviembre.
“Ese miércoles será nuestro último gabinete. El presidente sigue siendo presidente hasta el día 7. El 8 ya asume el nuevo presidente”, dijo Gustavo Torrico, viceministro de Gestión Gubernamental. La frase condensó, en un país acostumbrado al sobresalto político, un mensaje que no es menor: aquí el cambio de mando será con papeles, fechas exactas, firmas y renuncias en orden. Nada más —y nada menos.
Arce dejará el cargo con la misma sobriedad con la que llegó. Su círculo más cercano recuerda que el gabinete 2020 ingresó a Casa Grande del Pueblo “por la puerta grande” tras una elección impecable: era el retorno del MAS después de la crisis de noviembre de 2019 y del gobierno transitorio de Jeanine Áñez. Cuatro años después, el mismo gabinete se irá, sin violencia ni impugnaciones, “por la puerta grande”.
La renuncia en bloque busca evitar turbulencias —y también suspicacias. “No queremos que después se nos acuse de habernos llevado un bolígrafo. Vamos a transparentar la gestión e invitaremos a los medios al momento de entregar los despachos”, adelantó el viceministro de Defensa del Consumidor, Jorge Silva, en un gesto inusual que apunta directamente al clima de sospecha que suele envolver las transiciones bolivianas.

En esta ocasión, los ministros se irán, pero los viceministros permanecerán para garantizar la entrega ordenada de toda la documentación oficial: todo, según anticiparon, con notarización pública.
El nuevo presidente, Rodrigo Paz, ha prometido jurar a su primer gabinete casi de inmediato tras recibir la Banda Presidencial. Paz llega con un mensaje de reasignación económica y recomposición de confianza, en un país que pasó del shock político al estrés cambiario. En el Palacio viejo se habla de “reordenamiento”, “nueva etapa” y “fin de ciclo”.
A diferencia de transiciones previas, esta no se caracteriza por un clima de choque frontal entre salientes y entrantes. Hay disputas, sí; hay cuentas, proyectos y créditos que deberán ser auditados. Pero, por ahora, el cambio de mando se articula más como una página que se pasa que como una ruptura.
Será un final sin dramatismo —y en Bolivia, eso también es noticia. El gabinete de Arce entregará el testigo, y Paz deberá escribir la nueva hoja. A partir del sábado, le tocará construir legitimidad no con el acto simbólico del juramento, sino con lo más difícil: gobernar.

