LA PAZ, 14 abr (El Libre Observador) — Bolivia se asoma a 2026 con una combinación que inquieta a economistas y organismos internacionales: una economía en retroceso y una inflación que erosiona el poder adquisitivo. Las últimas proyecciones del Fondo Monetario Internacional dibujan un escenario áspero: el país registrará una contracción del 3,3% de su Producto Interno Bruto (PIB) y un alza de precios que superará el 20%. En una región acostumbrada a navegar entre ciclos de auge y ajuste, el caso boliviano destaca por la simultaneidad de sus tensiones.
La cifra no es solo un dato técnico. Marca un punto de inflexión. Bolivia, que durante años sostuvo un discurso de estabilidad macroeconómica, entra en una fase en la que el crecimiento deja de ser el ancla narrativa. El retroceso previsto para 2026 profundiza la caída iniciada en 2025, cuando la economía ya habría entrado en terreno negativo. No hay aún señales claras de rebote en el corto plazo.
En las calles de La Paz, el impacto de la inflación se percibe antes que en los informes. El encarecimiento de alimentos, transporte y servicios golpea a los hogares, especialmente a los más vulnerables. El FMI proyecta una inflación del 20,7% para 2026, en un contexto donde el resto de América Latina empieza, lentamente, a dejar atrás el ciclo inflacionario. Bolivia, en cambio, parece rezagarse en ese proceso.
El deterioro no se limita a los precios. También se extiende al empleo. El organismo prevé un aumento del desempleo hasta el 4,5%, un salto que, aunque moderado en términos absolutos, refleja una economía que pierde dinamismo. Menos actividad implica menos oportunidades, y eso se traduce en incertidumbre cotidiana.

El frente externo ofrece una paradoja. Mientras la actividad interna se enfría, el país pasaría de un déficit en cuenta corriente a un superávit. Pero este giro, lejos de ser una señal de fortaleza, podría responder a una caída de las importaciones y a un ajuste forzado por la escasez de divisas. Es el síntoma de una economía que se repliega.
Las advertencias no llegan solo desde Washington. El Banco Mundial ha coincidido en el diagnóstico: Bolivia podría registrar en 2026 el peor desempeño económico de la región. Las causas se entrelazan —menores exportaciones, presión sobre las reservas internacionales, limitaciones fiscales— y configuran un escenario complejo para la política económica.
Los datos del Instituto Nacional de Estadística refuerzan la tendencia. La contracción acumulada en 2025 anticipa que el país ya transita un ciclo descendente. En este contexto, las decisiones económicas adquieren un peso mayor, en un margen de maniobra cada vez más estrecho.
Mientras tanto, el resto de la región avanza a otra velocidad. América Latina crecerá en promedio un 2,3% en 2026, con países como Paraguay o Perú manteniendo ritmos positivos. Incluso economías más grandes, como Brasil o México, logran sostener la expansión, aunque con menor impulso.
El telón de fondo es un mundo incierto: materias primas volátiles, financiamiento más caro y tensiones geopolíticas que reconfiguran el comercio. En ese tablero, Bolivia enfrenta un desafío doble: estabilizar su economía sin sacrificar crecimiento y reconstruir confianza en medio de señales adversas.
La pregunta que queda abierta no es solo cuánto caerá la economía, sino cuánto tiempo le tomará volver a levantarse.

