LA PAZ, 15 may (El Libre Observador) — Durante casi dos décadas, el gas natural fue el corazón económico de Bolivia. Financió carreteras, subsidios, bonos sociales y sostuvo la narrativa de prosperidad de uno de los ciclos políticos más largos de América Latina. Pero ese modelo comienza a mostrar signos de agotamiento. Los pozos producen menos, los mercados externos se reducen y las divisas escasean. Frente a ese escenario, el presidente boliviano, Rodrigo Paz, intenta construir un nuevo relato económico: el país puede sobrevivir sin gas.
En medio de bloqueos, protestas sociales y crecientes tensiones políticas, Paz aseguró esta semana que Bolivia podría alcanzar exportaciones cercanas a los 14.000 millones de dólares en 2026, impulsadas ahora por la minería y la agroindustria. La cifra, presentada como una señal de resistencia económica, busca demostrar que el país todavía tiene capacidad de generar divisas pese al colapso progresivo de su sector energético.
“Aun con los conflictos, este año podemos llegar a exportaciones por cerca de 14.000 millones de dólares. Es el mejor año de exportación con agroindustria y minería”, afirmó el mandatario desde el antiguo Palacio Quemado, el histórico edificio presidencial convertido hoy en escenario simbólico de una transición política y económica incierta.
El mensaje llega en un momento especialmente delicado. Bolivia enfrenta la erosión de su principal fuente histórica de ingresos: el gas natural. Durante años, las exportaciones hacia Argentina y Brasil sostuvieron buena parte del gasto estatal y permitieron financiar el modelo económico impulsado por el Movimiento al Socialismo (MAS). Pero la falta de exploración y nuevas inversiones terminó debilitando el sector.

“Hoy día no tenemos gas”, admitió Paz en una frase poco habitual para un presidente boliviano y políticamente explosiva en un país que convirtió los hidrocarburos en símbolo de soberanía nacional.
El mandatario responsabilizó a las gestiones pasadas por haber agotado el ciclo gasífero sin garantizar nuevas reservas ni asegurar mercados futuros. Según su visión, Bolivia desperdició la bonanza energética de las últimas dos décadas.
“Desgraciadamente esos 20 años de gestión nos dejaron sin el mercado de Argentina y no renovaron contratos con Brasil”, sostuvo.
El diagnóstico resume uno de los mayores dilemas de la economía boliviana actual: cómo sostener el ingreso de dólares sin el combustible que durante años alimentó al Estado. La respuesta del Gobierno apunta ahora hacia el oro, los minerales y la agroindustria, sectores favorecidos por los altos precios internacionales y por el crecimiento de la demanda global.
Los datos oficiales muestran una recuperación comercial significativa. El Instituto Nacional de Estadística reportó un superávit de 1.268 millones de dólares en el primer trimestre de 2026, después de tres años consecutivos de déficits. Las exportaciones casi se duplicaron respecto al año anterior, impulsadas principalmente por el oro metálico y los derivados de la soya.
Sin embargo, detrás de las cifras persisten las señales de fragilidad. La escasez de dólares continúa afectando a bancos y empresas importadoras. Las filas por combustible reaparecen de forma periódica y la incertidumbre económica alimenta el malestar social que ya se expresa en bloqueos y movilizaciones contra el Gobierno.
La paradoja boliviana es evidente: el país muestra mejores números comerciales mientras atraviesa una sensación interna de deterioro económico.
Paz intenta convertir esa contradicción en una oportunidad política. En sus discursos habla de reconstruir la confianza entre bolivianos y dejar atrás la dependencia del gas. Pero el desafío es enorme. Bolivia no solo enfrenta una transición económica; también atraviesa una disputa por el modelo de país que emergerá después del ciclo hidrocarburífero.
“El boliviano tiene que entender que la solución de uno está donde está la del otro”, afirmó el presidente, apelando a la necesidad de consensos en un país profundamente polarizado.


