LA PAZ, 11 jun (El Libre Observador) – El Gobierno garantiza la calidad de los carburantes y descarta una subida de precios mientras miles de conductores esperan durante días para abastecerse en medio de bloqueos y tensiones sociales.
La escena se repite cada día en las principales ciudades de Bolivia. Antes del amanecer ya hay conductores dormitando dentro de sus vehículos, termos de café circulando entre las filas y conversaciones marcadas por una misma pregunta: ¿llegará hoy el combustible?
En algunas estaciones de servicio de La Paz y El Alto las colas serpentean durante más de veinte cuadras. Taxistas, transportistas, repartidores y familias enteras permanecen durante horas, a veces durante varios días, esperando la llegada de una cisterna. Para muchos, conseguir gasolina o diésel se ha convertido en una actividad que consume más tiempo que su propio trabajo.
Es la imagen más visible de una crisis que mezcla problemas logísticos, conflictos políticos y una creciente ansiedad social en un país donde el combustible subvencionado ha sido durante décadas uno de los pilares de la estabilidad económica.
Frente a ese escenario, el Gobierno boliviano intentó este jueves enviar una señal de tranquilidad. El ministro de Hidrocarburos, Marcelo Blanco, aseguró que los carburantes que ingresan al país cumplen con todos los estándares de calidad y descartó de manera categórica cualquier aumento de precios.
“La gasolina que está llegando tiene todo un proceso de trazabilidad y no está llegando gasolina que esté en mal estado”, afirmó durante la presentación de una nueva aplicación móvil destinada a informar sobre la disponibilidad de combustible en las estaciones de servicio.
La declaración buscó responder a rumores que comenzaron a circular en medio de la escasez. En las últimas semanas, las dificultades para abastecer el mercado provocaron especulaciones sobre la calidad de los carburantes importados y sobre la posibilidad de que el Gobierno terminara elevando los precios para aliviar la presión sobre las cuentas públicas.
Blanco rechazó ambas posibilidades. “No tenemos la intención de privatizar ni de subir el combustible, ni la energía eléctrica”, sostuvo.
El mensaje tiene un peso particular en Bolivia. Durante años, los combustibles se han vendido a precios subvencionados muy por debajo de los niveles internacionales. Sin embargo, el creciente costo de las importaciones energéticas y la disminución de las reservas de divisas han abierto un debate cada vez más intenso sobre la sostenibilidad de ese modelo.
Por ahora, el Ejecutivo insiste en que no contempla cambios. La crisis actual tiene un origen inmediato: los bloqueos que desde hace más de un mes afectan carreteras estratégicas del país. Las protestas han interrumpido el tránsito de cientos de cisternas encargadas de transportar gasolina y diésel desde plantas de almacenamiento y centros de distribución hacia los principales mercados urbanos.

El resultado ha sido una cadena de retrasos que terminó reflejándose en las estaciones de servicio.
Mientras las autoridades hablan de una normalización gradual, la percepción en las calles es distinta. En muchos surtidores el abastecimiento sigue siendo irregular y la incertidumbre continúa alimentando largas filas cada vez que circula el rumor de una próxima entrega de combustible.
Según el ministro, el Gobierno logró recientemente cubrir gran parte de la demanda en La Paz y El Alto, abasteciendo a más de 70 estaciones de servicio. Sin embargo, reconoció que la estabilidad del suministro depende tanto del nivel de consumo como de la capacidad para mantener abiertas las rutas de transporte.
Para los ciudadanos, la crisis ya no se mide únicamente en litros de gasolina. Las horas perdidas en las filas significan menos ingresos para los taxistas, retrasos para el transporte público, dificultades para el abastecimiento de alimentos y mayores costos para pequeñas empresas que dependen del movimiento constante de mercancías.
La escasez se ha convertido así en un símbolo de un problema más amplio: la sensación de fragilidad que atraviesa a una economía sometida simultáneamente a tensiones políticas, limitaciones fiscales y crecientes desafíos energéticos.
Por ello, cuando el Gobierno insiste en que el combustible mantiene su calidad y que los precios no subirán, no intenta únicamente responder a dudas técnicas. También busca contener un temor más profundo: que las dificultades temporales terminen transformándose en una crisis estructural.
Mientras tanto, en las estaciones de servicio de La Paz, los conductores siguen observando la carretera con la esperanza de divisar una cisterna en el horizonte. En una Bolivia marcada por semanas de bloqueos y escasez, la llegada de un camión cargado de combustible se ha convertido en una de las noticias más esperadas del día.


