LA PAZ, 7 oct (El Libre Observador) — El frenazo económico que Bolivia experimenta desde hace varios años amenaza con convertirse en recesión abierta. El Banco Mundial proyecta que la economía boliviana se contraerá un -0,5% en 2025, situándola —junto con Haití— como la única en retroceso de América Latina, en un contexto de menor dinamismo global, caída de precios de materias primas y crecientes tensiones internas.
El informe, presentado este martes en Washington, representa un giro drástico respecto a las proyecciones de abril, cuando el organismo anticipaba un crecimiento del 1,2% para 2025. Las nuevas estimaciones no solo apuntan a un año negativo, sino a un deterioro prolongado: -1,1% en 2026 y -1,5% en 2027, coincidiendo con el inicio de un nuevo ciclo político tras las elecciones presidenciales.
La proyección contrasta con la narrativa oficial del Gobierno, que mantiene su previsión de un crecimiento del 3,51%, amparada en la estabilidad de precios internos y el sostenimiento de subsidios. Pero la brecha con las cifras internacionales refleja una tensión de fondo: el modelo económico boliviano, basado en subvenciones y control de precios, enfrenta crecientes dificultades para financiarse en un entorno internacional menos favorable.
“Para el Banco Mundial, nuestra economía fue desmejorando por problemas tan vigentes como la inflación, la falta de dólares y la crisis de combustibles”, explicó el economista Fernando Romero a medios locales. “Se requieren medidas urgentes para estabilizar la economía y sacar al país de la crisis”.
La revisión a la baja se produce en un momento en que América Latina apenas crecerá un 2,3% en promedio, según el propio Banco Mundial. La región enfrenta una “última milla” más larga de lo previsto para bajar la inflación, con tasas de interés internacionales todavía elevadas, una China desacelerada y precios de materias primas en descenso.
En ese panorama, Bolivia aparece como un caso singular: un país que durante años mantuvo tasas de crecimiento superiores a la media regional gracias a la bonanza gasífera, pero que hoy muestra señales de agotamiento.

Desde 2014, la caída de las exportaciones de gas ha reducido de manera sostenida el flujo de divisas, mientras que los subsidios a los combustibles —un pilar político y social del modelo— han seguido creciendo. A ello se suman reservas internacionales en mínimos históricos, un déficit fiscal persistente y una pugna política en el Parlamento que ha bloqueado créditos externos por más de 1.600 millones de dólares, limitando el acceso a financiamiento.
El ministro de Economía, Marcelo Montenegro, rechazó que el país esté al borde de una estanflación —recesión con inflación desbocada— y defendió la estabilidad alcanzada en varios sectores.
“Hasta 2023 la economía crecía de forma significativa, pero enfrentamos bloqueos que causaron pérdidas por más de 5.000 millones de dólares y un bloqueo legislativo a créditos clave”, sostuvo. También resaltó avances en inversión pública —232 millones de dólares ejecutados en 2024— y un nivel de deuda externa equivalente al 23,1% del PIB, considerado “manejable” por el Gobierno.
El Ejecutivo insiste en que la política de subsidios a los combustibles ha evitado mayores presiones inflacionarias y ha protegido la economía popular. Pero para el Banco Mundial y buena parte de los analistas, esa política ya no resulta sostenible sin fuentes frescas de financiamiento.
La proyección de contracción económica llega en un año preelectoral cargado de tensiones internas y debate sobre el rumbo económico. Para el próximo Gobierno, que asumirá tras el balotaje de 2025, el margen de maniobra será mucho más estrecho que el de la bonanza pasada.
Bolivia, que durante una década fue un ejemplo de estabilidad y crecimiento sostenido, se enfrenta hoy a una prueba decisiva: reinventar su modelo económico en medio de una tormenta interna y externa sin precedentes recientes.


