Por Karen Hernández Sarmiento
I. VOLVER A MACONDO
Este fin de semana me puse a ver Cien años de soledad, la serie de Netflix, y terminé con una sensación difícil de explicar.
Yo creía que estaba entrando a Macondo, pero terminé entrando a Colombia.
Mientras veía pasar por la pantalla las guerras, los muertos, los amores, las ambiciones y las tragedias de los Buendía, pensé que lo verdaderamente extraordinario de la obra de García Márquez no es la fantasía.
Es que muchas veces la realidad colombiana ha sido todavía más increíble.
En Macondo hay acontecimientos que parecen imposibles.
En Colombia ocurrieron.
Y algunos, peor aún, fueron olvidados.
Ahí comenzó mi tristeza.
Porque quizás lo más doloroso de nuestra historia no sea solamente la barbarie, sino la facilidad con la que aprendimos a convivir con ella.

II. LAS BANANERAS
La Masacre de las Bananeras ocurrió en diciembre de 1928, en Ciénaga, Magdalena.
Trabajadores de las plantaciones bananeras se encontraban en huelga reclamando mejores condiciones laborales. El Ejército colombiano intervino y el 6 de diciembre abrió fuego contra una multitud reunida en la plaza.
Después vino la discusión sobre las cifras.
¿Cuántos murieron?
Decenas, cientos, miles.
La cifra exacta sigue siendo objeto de debate histórico.
Pero hay algo que no admite discusión: colombianos armados por el Estado dispararon contra colombianos.
Y eso debería bastarnos para no olvidarlo jamás.
Sin embargo, la historia fue perdiendo espacio en la memoria nacional.
García Márquez la llevó a Cien años de soledad y allí ocurrió algo todavía más poderoso: la masacre se convirtió en literatura, mientras el pueblo terminaba dudando de que realmente hubiera sucedido.
Qué ironía tan colombiana:
tener que convertir la realidad en ficción para que alguien vuelva a creer en ella.
III. CUANDO LA FANTASÍA ES MENOS TERRIBLE QUE LA REALIDAD
Eso fue lo que más me golpeó al ver la serie.
En Macondo llueve durante años.
Aquí hemos tenido generaciones enteras bajo la lluvia de la violencia.
En Macondo los muertos regresan.
Aquí regresan sus nombres.
En Macondo existe el olvido.
Aquí hemos hecho del olvido una costumbre.
La fantasía de García Márquez parece exagerada hasta que uno recuerda nuestra propia historia.
Entonces ocurre algo inquietante:
la ficción deja de parecer fantástica.
Y la realidad comienza a parecer inverosímil.
IV. ESTA COBIJITA DE RETAZOS
Yo amo Colombia.
Por eso me duele verla gobernada, tantas veces, como si quienes toman decisiones estuvieran desconectados de la tierra que pisan.
Colombia es una cobija de retazos: montañas, selvas, costas, páramos, pueblos, ciudades, campesinos, indígenas, afrodescendientes, trabajadores, estudiantes, artistas.
Todo distinto.
Todo nuestro.
Una patria imperfecta, pero extraordinariamente hermosa.
Por eso me resulta tan extraña esa necesidad de imponer símbolos que parecen venir de otro lugar.
Y ahí aparece el tigre.
V. EL TIGRE
En medio de una tragedia como la causada por un terremoto que recientemente azotó a nuestro país, cuando hay familias enfrentando pérdidas, miedo y necesidades urgentes, resulta difícil comprender que la ayuda pueda terminar mezclada con símbolos personales de poder y promoción política.
Y aparece un tigre.
Pero en Colombia no tenemos tigres.
Tenemos jaguares.
Tenemos pumas.
Tenemos cóndores.
Tenemos osos de anteojos.
Tenemos una de las biodiversidades más extraordinarias del planeta.
Entonces el asunto deja de ser zoológico.
Se vuelve simbólico.
El tigre representa fuerza, dominio, ferocidad, poder.
Pero Colombia no necesita que le recuerden quién tiene fuerza.
Necesita que quienes tienen poder recuerden para qué lo tienen.
Un balón puede llevar un logo.
Pero un logo no reconstruye una casa.
No acompaña un duelo.
No devuelve un muerto.
No reemplaza la presencia del Estado.
Cuando la tragedia golpea, la gente no necesita una marca.
Necesita humanidad.
VI. EL PAÍS CIEGO
Quizás por eso vuelve a mi cabeza aquella expresión de Policarpa: “¡Pueblo indolente!”
Porque el problema no está solamente en quienes gobiernan.
También está en nosotros.
En nuestra capacidad para indignarnos durante unos días y después continuar como si nada.
En nuestra facilidad para olvidar al muerto cuando deja de aparecer en las noticias.
En esa extraña habilidad de convertir una tragedia en conversación y luego seguir con la vida.
Un país no se vuelve ciego porque no pueda ver.
Se vuelve ciego cuando ve y decide no mirar.
VII. HIJUEPUTA
Y aquí quiero detenerme, en una palabra.
Una palabra vulgar.
Brusca.
Colombiana.
Hijueputa.
Proviene de la expresión hijo de puta y, según el Diccionario de Americanismos de la ASALE, en Colombia puede utilizarse como insulto, pero también como interjección para expresar rabia, sorpresa, miedo, admiración o asombro.
Y los colombianos hicimos algo extraordinario con ella.
La convertimos en una palabra capaz de significarlo casi todo.
“¡Hijueputa!” puede ser alegría.
Puede ser miedo.
Puede ser rabia.
Puede ser admiración.
Puede ser dolor.
Puede ser incredulidad.
Quizás por eso esta palabra pertenece tanto a nuestra historia.
Porque hay momentos en que uno mira este país y no encuentra una palabra suficientemente elegante para describir lo que siente.
Uno mira las Bananeras.
Mira nuestros muertos.
Mira las tragedias actuales.
Mira el espectáculo político alrededor del dolor.
Mira la indiferencia.
Y entonces aparece esa palabra.
No como insulto.
Como grito.
Hijueputa.
¿Qué nos pasó?
¿Cómo llegamos hasta aquí?
¿Cómo podemos tener tanta belleza y tanta crueldad viviendo en el mismo territorio?
Pero quizá la palabra también pueda servir para algo más.
Para despertar.
Para dejar de aceptar como normal aquello que nunca debió serlo.
Porque hay una forma de hijueputez que no está en decir una grosería.
Está en mirar el sufrimiento de otro ser humano y no sentir absolutamente nada.
VIII. EL CICLO
García Márquez escribió una historia sobre una familia condenada a repetir sus errores.
Colombia parece haber hecho algo parecido con su propia historia.
Cambian los gobiernos.
Cambian los discursos.
Cambian los símbolos.
Cambian los protagonistas.
Pero ciertas heridas permanecen.
Y ahí está la advertencia que todos conocemos:
quien no conoce su historia está condenado a repetirla.
Pero yo agregaría algo más:
quien conoce su historia y decide olvidarla también.
Porque la memoria no sirve para vivir mirando hacia atrás.
Sirve para saber hacia dónde no debemos volver.
IX. QUE MACONDO NO VUELVA
Quizás eso fue lo que realmente me dejó la serie.
No miedo a Macondo.
Miedo a que Macondo siga siendo Colombia.
Miedo a que volvamos a convertir la tragedia en costumbre.
A que los muertos terminen convertidos en estadísticas.
A que el poder termine siendo más importante que la gente.
A que confundamos propaganda con gobierno.
A que la memoria vuelva a ser incómoda y el olvido vuelva a ser conveniente.
Yo no quiero una Colombia perfecta.
Quiero una Colombia consciente.
Una Colombia capaz de mirar sus heridas sin esconderlas.
Una Colombia que sepa quiénes fueron las víctimas de las Bananeras.
Que recuerde a sus muertos.
Que conozca su historia.
Que no necesite una novela para creer en su propia realidad.
Porque quizás el verdadero final de Cien años de soledad todavía no ha sido escrito.
Depende de nosotros.
Si aprendemos, rompemos el ciclo.
Si olvidamos, Macondo continúa.
Y entonces, algún día, alguien volverá a mirar nuestra historia y preguntará:
¿Cómo pudieron saber lo que había ocurrido y aun así permitir que volviera a suceder?
Ojalá esa pregunta nunca tenga que responderla Colombia.
Ojalá esta vez sí recordemos.

