LA PAZ, 2 jul (El Libre Observador) — El mayor daño que dejaron los 53 días de bloqueos y protestas que paralizaron Bolivia no se mide únicamente en carreteras cortadas o mercancías retenidas. También se refleja en hoteles con habitaciones vacías, agencias de viaje que acumulan cancelaciones, guías turísticos sin trabajo y operadores que temen no volver a abrir sus puertas. Para una industria que vende confianza, la incertidumbre se ha convertido en el principal enemigo.
Con ese panorama, los principales gremios turísticos del país solicitaron este jueves al Gobierno declarar un Estado de Emergencia Económica del Turismo por seis meses, una medida extraordinaria con la que buscan evitar el cierre de empresas y frenar una crisis que, según sus cálculos, ya ha provocado pérdidas cercanas a los 300 millones de dólares.
La cifra resume el impacto económico de casi dos meses de conflictividad política y social que alteraron el transporte, interrumpieron rutas nacionales y obligaron a miles de visitantes a modificar o cancelar sus viajes. Pero, para quienes viven del turismo, el daño va mucho más allá del balance financiero.

«El turista puede cambiar de destino con un solo clic», comentan empresarios del sector para explicar una realidad conocida por la industria: recuperar la confianza suele tomar mucho más tiempo que perderla. Cada imagen de carreteras bloqueadas, viajeros varados o destinos inaccesibles puede traducirse en meses de menor demanda, incluso cuando la normalidad regresa.
Durante una conferencia de prensa en La Paz, la representante de la Mesa de Turismo Nacional, Verónica Sambrana, afirmó que las pérdidas ascienden a 2.926 millones de bolivianos, equivalentes a unos 300 millones de dólares, mientras que el país dejó de captar alrededor de 102 millones de dólares en divisas que el sector esperaba generar durante este periodo.
Las consecuencias alcanzan prácticamente a toda la cadena turística. Según las organizaciones empresariales, unas 3.000 empresas reportaron afectaciones económicas y alrededor de 32.000 guías de turismo eventuales dejaron de ser contratados debido a la paralización de circuitos turísticos, excursiones y actividades programadas.
El turismo ocupa un lugar singular dentro de la economía boliviana. A diferencia de los sectores extractivos, genera ingresos distribuidos entre hoteles, restaurantes, operadores, transportistas, artesanos, comunidades indígenas y pequeños emprendimientos familiares que dependen directamente de la llegada de visitantes nacionales y extranjeros. Cuando disminuye el flujo de turistas, el impacto se expande rápidamente por economías locales que cuentan con pocas alternativas de ingreso.
La coyuntura resulta especialmente delicada porque coincide con uno de los momentos económicos más complejos que atraviesa Bolivia en las últimas décadas. La escasez de divisas, las dificultades para importar combustibles y el reciente cambio hacia un régimen de tipo de cambio flexible han incrementado la incertidumbre entre empresas e inversionistas, mientras el Gobierno intenta estabilizar la economía y recuperar la confianza de los mercados.

En ese contexto, el turismo representa una fuente estratégica de dólares frescos. Cada visitante extranjero aporta divisas sin necesidad de exportar recursos naturales, una ventaja que el sector considera aún más valiosa en momentos en que el país busca aliviar las presiones sobre su balanza de pagos.
Por ello, los empresarios no limitaron su demanda a una declaración simbólica de emergencia. Presentaron un plan de reactivación que incluye alivio tributario y financiero durante doce meses, mayor acceso a divisas para operaciones internacionales, campañas de promoción de la marca Bolivia y la creación de corredores turísticos seguros que garanticen el tránsito de visitantes incluso durante episodios de conflictividad social.
Otra de las propuestas apunta a transformar estructuralmente la conectividad aérea. La presidenta de la Cámara Nacional de Turismo Receptivo (Canotur), Pamela Troche, defendió una política de «cielos abiertos» para facilitar el ingreso de nuevas aerolíneas, ampliar la oferta de vuelos y reducir los costos de acceso al país.
«Esta medida permitirá implementar acciones excepcionales que eviten el cierre de empresas, la pérdida de empleos y la desaparición de inversiones construidas durante décadas», afirmó Troche, al advertir que numerosos operadores enfrentan problemas de liquidez que podrían agravarse en los próximos meses.
La dirigente sostuvo que preservar la industria turística no implica únicamente proteger empresas privadas. También supone resguardar miles de empleos directos e indirectos y sostener la actividad económica de regiones donde el turismo constituye una de las principales fuentes de ingresos.
El desafío, sin embargo, trasciende las ayudas financieras. La recuperación dependerá también de la capacidad de Bolivia para reconstruir su imagen como un destino estable y confiable en una región donde países vecinos compiten por atraer a los mismos viajeros internacionales.
La experiencia demuestra que los visitantes suelen regresar cuando recuperan la confianza. Pero esa confianza requiere tiempo, estabilidad y previsibilidad. Mientras tanto, el sector turístico boliviano espera que la factura de los bloqueos no termine convirtiéndose en una crisis permanente para una de las industrias con mayor potencial para diversificar la economía del país y generar divisas en un momento en que Bolivia más las necesita.

