LA PAZ, 25 ago (El Libre Observador) — En Bolivia hay una paradoja que cabe en una cifra. Las reservas internacionales han vuelto a crecer, hasta alcanzar los 4.255 millones de dólares al 14 de agosto, pero casi ocho de cada diez dólares de ese colchón están enterrados, en sentido financiero, en oro. El metal precioso vale 3.390 millones de dólares y representa el 79,7% de las reservas. El país tiene más reservas, pero no necesariamente más dólares disponibles para afrontar sus urgencias.
El dato llega en un momento especialmente sensible para la economía boliviana. Después de meses de escasez de divisas, dificultades para financiar importaciones y presión sobre el mercado cambiario, el Banco Central de Bolivia (BCB) exhibe una recuperación de 638 millones de dólares respecto al 30 de junio, cuando las reservas sumaban 3.617 millones.
La cifra parece, a primera vista, una bocanada de oxígeno. Pero la composición cuenta otra historia.
El oro se ha convertido en el gran protagonista de las reservas bolivianas. Su valor pasó de 2.883 millones de dólares a finales de junio a 3.390 millones al 14 de agosto. En apenas un mes también aumentó desde 3.091 millones. El metal precioso sostiene ahora la mayor parte del patrimonio externo del Banco Central y funciona como una especie de seguro frente a la fragilidad de las cuentas externas.
El problema es que Bolivia no compra importaciones con oro. Ahí aparece la otra cifra que explica la tensión. Las divisas, que son el componente con mayor capacidad de utilización inmediata, llegaron a 800 millones de dólares al 14 de agosto, frente a los 472 millones de finales de julio. Es una recuperación considerable, pero todavía representa una fracción mucho menor que el oro dentro de las reservas.
La escena recuerda a una caja fuerte que ha recuperado valor, pero cuyo contenido no está compuesto principalmente por el dinero que se necesita para los gastos cotidianos. El oro puede fortalecer el balance del Banco Central, respaldar la confianza y servir como activo internacional, pero no sustituye automáticamente a los dólares necesarios para pagar combustibles, maquinaria, medicamentos, alimentos, servicios de deuda o materias primas importadas.

Bolivia arrastra precisamente esa contradicción. Durante años, la disponibilidad de dólares estuvo sostenida por los ingresos provenientes de las exportaciones de gas. El declive de ese sector redujo el flujo de divisas y dejó al país más expuesto a la caída de sus ingresos externos. La consecuencia ha sido una economía que necesita dólares con mayor intensidad mientras dispone de menos fuentes tradicionales para generarlos.
En ese escenario, el oro ha adquirido un protagonismo que va mucho más allá de una simple estadística contable.
Los datos del BCB muestran también la volatilidad de los activos líquidos. Las divisas pasaron de 666 millones de dólares en junio a 472 millones en julio y posteriormente saltaron a 800 millones a mediados de agosto. Los Derechos Especiales de Giro bajaron de 33 a 30 millones de dólares, mientras la posición de Bolivia ante el Fondo Monetario Internacional permaneció en 36 millones.
Analistas económicos advierten que la pregunta relevante ya no es solamente cuánto tienen las reservas, sino de qué están hechas. Una mayor concentración en oro mejora el valor patrimonial del Banco Central, pero no resuelve por sí misma la demanda inmediata de dólares.
La distinción es importante. Una reserva puede ser grande sobre el papel y, al mismo tiempo, ofrecer una capacidad limitada para responder rápidamente a una crisis de liquidez. Las divisas son las que permiten afrontar de manera directa las importaciones, los pagos externos y las necesidades del sistema financiero.
La recuperación hasta los 4.255 millones de dólares constituye, por eso, una señal positiva, pero todavía incompleta. El Banco Central ha conseguido reconstruir parte del colchón externo, mientras el oro se consolida como su principal escudo. Lo que falta por demostrar es si esa mejora puede traducirse en una mayor disponibilidad de dólares para una economía que continúa reclamándolos.
La paradoja boliviana queda resumida en el contraste entre dos cifras: 3.390 millones de dólares en oro y 800 millones en divisas. El primero protege el patrimonio. El segundo permite respirar. Y en una economía sedienta de dólares, esa diferencia puede ser más importante que el tamaño total de la reserva.

