Por Marina Pineo T.
LA PAZ — La trayectoria política de Evo Morales, un ícono inicialmente inspirador para las bases campesinas, ha degenerado en una historia de desilusión y desapego.
El ascenso al poder de Morales, desde las raíces más humildes, marcó un hito en la historia boliviana. El campesino cocalero se alzó como una promesa de cambio, representando las esperanzas de un pueblo marginado. Sin embargo, lo que alguna vez encarnó la ilusión y el orgullo de las bases sindicales, campesinas, indígenas y trabajadoras, hoy se sumerge en la traición y la ambición desmedida.
El señor Morales, en su afán por perpetuarse en el poder, ha olvidado su esencia. Aquel líder que emergió de las entrañas del pueblo, ahora parece desconocer sus necesidades y su sufrimiento. La codicia de permanencia en el poder ha llevado al olvido de sus orígenes, sumiéndolo en una vorágine de decisiones carentes de empatía y respeto por su propia gente.
Una de esas muestras de soberbia, que mostró una faceta aterradora de su liderazgo, fue cuando desde su exilio en México, en noviembre de 2019, ordenó a sus bases a bloquear el paso de alimentos para su pueblo que resistía en las calles al Gobierno de la derecha que ingresó violando las leyes y llevó contra viento y marea a Jeanine Áñez a autoproclamarse como presidenta del país, ante una crisis social y política profunda que acabó con el gobierno de Morales.
En esa oportunidad entre el 15 y 19 de noviembre, el pueblo en las calles fue reprimido con bala con un saldo de al menos 22 civiles muertos y más de 300 heridos.
Esta táctica, más cercana al terrorismo que a la política, evidenció un desprecio por el bienestar del pueblo al que una vez juró servir. El egoísmo y la manipulación se convirtieron en las herramientas de un líder que antepone su interés personal al bienestar colectivo.

La grandilocuente promesa de un “Evo Pueblo, futuro seguro para el pueblo” se ha desvanecido en una nube de desilusión y desesperación. Morales, en su escalada hacia el poder, ha dejado un rastro de contradicciones que claman por ser reconocidas y reflexionadas por la sociedad boliviana.
No obstante, la solución no radica únicamente en la crítica. Es imperativo que la ciudadanía se involucre activamente en este proceso de reflexión. La identificación de estos desencuentros entre discurso y acción es el primer paso hacia un cambio real. La exigencia de responsabilidad por parte de quienes ostentan el poder es crucial para evitar que se repitan estos episodios de desprecio hacia el pueblo.
El poder, en su esencia, debe ser un medio para servir y no un fin para prevalecer y eternizarse a toda costa. La sociedad boliviana merece líderes comprometidos con el bien común, no con la perpetuación de sus propios intereses. Es tiempo de que el pueblo, con lucidez y determinación, se erija como el verdadero motor del cambio, exigiendo a sus líderes no solo palabras vacías, sino acciones concretas que reflejen un genuino compromiso con el bienestar colectivo.
El llamado a la reflexión es un primer paso hacia una sociedad más consciente y responsable. La esperanza no radica en la figura de un líder, sino en la capacidad del pueblo para exigir cuentas y forjar un futuro basado en valores auténticos y un compromiso verdadero con el bienestar de todos.
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