LA PAZ, 4 ago (El Libre Observador) — Cuando el Banco Central de Bolivia (BCB) desplegó sobre la mesa el nuevo billete conmemorativo del Bicentenario, no solo presentó una pieza de polímero con héroes y paisajes impresos. Presentó, en realidad, un mapa simbólico del país que llega a sus 200 años de independencia en medio de una delicada coyuntura económica y una transición política aún sin brújula clara. Papel y metal como memoria, pero también como mensaje.
El acto se celebró este lunes en la Casa de la Libertad de Sucre, el mismo recinto donde en 1825 se proclamó la independencia. La elección del lugar no fue casual: en el imaginario boliviano, Sucre es la cuna de la patria, un lugar sagrado del relato nacional. Y es allí donde el gobierno de Luis Arce ha querido anclar el inicio simbólico del Bicentenario, que se conmemorará oficialmente en 2025, pero que ya empieza a ser narrado y disputado políticamente.
“El billete y las monedas no son solo un homenaje a nuestros próceres. Son una afirmación de identidad y de soberanía”, dijo el presidente del BCB, Edwin Rojas. La colección incluye un billete de 50 bolivianos, monedas de oro y plata de edición limitada, y una moneda de 2 bolivianos de curso legal que, como subrayó Rojas, “será distribuida para que cada boliviano tenga una en sus manos”.

Un país representado en un billete
El billete conmemorativo muestra en el anverso una galería de figuras históricas: desde los libertadores Simón Bolívar y Antonio José de Sucre, hasta los líderes indígenas Tupac Katari y Bartolina Sisa, mártires de la resistencia anticolonial. En el reverso, símbolos patrios y paisajes naturales —el Illimani, el Salar de Uyuni, el bufeo del Amazonas— condensan la diversidad territorial y cultural del país. El diseño, según sus creadores, busca representar tanto la lucha por la independencia como la pluralidad que define al Estado Plurinacional, vigente desde la Constitución de 2009.
Pero el valor de estas piezas va más allá de su estética o función monetaria. En un país que enfrenta una desaceleración económica, presiones fiscales y creciente endeudamiento externo, el Bicentenario llega como una oportunidad para reconstruir el imaginario colectivo y redefinir el proyecto de país.
Desde la pandemia de 2020, Bolivia ha sostenido un modelo económico basado en el gasto público, subsidios y control de precios, pero los márgenes fiscales se han reducido drásticamente. Las reservas internacionales están en niveles históricamente bajos, y el país atraviesa una escasez prolongada de dólares en el sistema financiero. El Banco Central ha debido intervenir activamente para sostener la paridad cambiaria, mientras crecen las presiones inflacionarias en sectores clave como los combustibles.
En ese contexto, los símbolos cobran nuevo sentido. La moneda de 2 bolivianos —de acero, once lados, y distribución masiva— no solo es un objeto de colección. Es también una estrategia para acercar el Bicentenario a cada ciudadano y reforzar la legitimidad de un Estado que enfrenta cuestionamientos tanto desde la oposición conservadora como desde el ala radical del propio oficialismo.

Historia, narrativa y futuro en disputa
El gobierno de Arce, que busca consolidar su figura más allá de la sombra de Evo Morales, está construyendo una narrativa del Bicentenario centrada en la soberanía económica, la autodeterminación y la unidad plurinacional. Los símbolos numismáticos se inscriben en ese marco: el Escudo Nacional, la Casa de la Libertad, los colores patrios, las figuras indígenas. Cada elemento comunica una visión del país que se proyecta desde el pasado hacia el futuro.
Sin embargo, el relato no es unánime. Mientras el Ejecutivo apuesta por una conmemoración institucional y progresista, otros actores políticos ya han comenzado a disputar el significado del Bicentenario. Morales, por ejemplo, ha criticado el rumbo económico y ha insinuado que el proyecto plurinacional ha sido debilitado en la práctica. Desde la derecha, sectores empresariales reclaman una reactivación más ortodoxa, basada en mayor apertura y menos control estatal.
En ese juego de símbolos y disputas, el billete y las monedas del Bicentenario son, en última instancia, piezas de una narrativa más amplia. No es casual que en su reverso aparezca el mascarón de la Casa Nacional de Moneda de Potosí, recordando que en tiempos coloniales Bolivia fue uno de los principales centros de acuñación del mundo, con plata que fluía a Europa y Asia. Hoy, esas mismas piezas buscan anclar otro mensaje: el de una nación que se reivindica soberana, resiliente y plural.
A dos años del aniversario oficial, Bolivia ya ha comenzado a contar su Bicentenario. Lo hace con historia, con símbolos, pero también con desafíos abiertos. La memoria está impresa; el futuro aún se escribe.


