LA PAZ, 7 jul (El Libre Observador) — Hubo un tiempo en que la quinua dejó de ser únicamente el alimento de las comunidades del altiplano para convertirse en un símbolo global de la alimentación saludable. Los restaurantes de alta cocina la incorporaron a sus cartas, los supermercados europeos la exhibieron como un «superalimento» y Bolivia vio cómo uno de sus cultivos milenarios conquistaba mercados internacionales. Más de una década después de aquel auge, el país enfrenta una paradoja que este martes volvió a quedar en evidencia durante la celebración del Día Nacional del Consumo de la Quinua: el mayor desafío ya no está fuera de sus fronteras, sino dentro de ellas.
En la plaza Tejada Sorzano, en La Paz, decenas de productores instalaron puestos donde la quinua aparecía transformada en casi todo lo imaginable. Había panes, galletas, fideos, harinas, mermeladas y bebidas, pero también cosméticos, pomadas y productos de higiene elaborados con el cereal andino. Entre los visitantes circulaban familias, cocineros y estudiantes que degustaban recetas tradicionales junto a preparaciones de autor, mientras las autoridades insistían en una idea recurrente: Bolivia necesita volver a consumir el alimento que el resto del mundo ya aprendió a valorar.
La escena resume una contradicción. La quinua boliviana continúa acumulando prestigio por sus propiedades nutricionales y por la calidad de la denominada quinua real, cultivada en los salares del altiplano sur. Sin embargo, el consumo interno sigue siendo reducido y apenas supera los dos kilogramos por persona al año, una cifra que el Gobierno considera insuficiente para un producto que forma parte de la identidad agrícola y cultural del país.
Pero la sofisticación culinaria no basta para asegurar el futuro de miles de familias productoras. Para ellas, el verdadero éxito llegará cuando el mercado interno crezca con la misma fuerza con la que lo hizo la demanda internacional durante la última década.
El ministro de Desarrollo Productivo, Rural y Agua, Oscar Mario Justiniano, reconoce que Bolivia todavía tiene una amplia brecha de productividad frente a otros países andinos.

«Estamos entre 10 y 15 quintales por hectárea, mientras un país vecino como Perú alcanza hasta 60 quintales. Debemos aprender, mejorar y reevaluar nuestros procesos», señaló durante la inauguración de la feria.
El ministro sostiene que aumentar los rendimientos permitirá mejorar los ingresos de las familias campesinas y fortalecer toda la cadena agroindustrial. Sin embargo, introduce un matiz que va más allá de la producción.
«Lo esencial no es solamente cuánto producir, sino quién lo compra y si está en la mente del consumidor», afirma. Bajo esa lógica, el Ejecutivo impulsa la denominación de origen de la quinua boliviana y busca combinar innovación tecnológica con los conocimientos ancestrales de las comunidades del altiplano.
El presidente del Consejo Nacional de la Quinua de Bolivia (CONAPQUIBOL), Tupac Nina, cree que el cereal atraviesa una nueva etapa. «Siempre lo supimos por tradición, pero ahora la ciencia nos respalda», sostiene al reivindicar las investigaciones que confirman el alto valor nutricional de un alimento cultivado durante siglos en condiciones extremas.
La feria dejó claro que la quinua ya no se limita al grano cocido que durante generaciones alimentó a las familias rurales. Hoy también es harina, pasta, repostería, bebida energética y cocina de autor. Sin embargo, detrás de esa diversificación permanece un objetivo mucho más ambicioso: recuperar el vínculo cotidiano entre los bolivianos y un cultivo que ayudó a construir la identidad alimentaria de los Andes.
Después de conquistar los mercados internacionales, la quinua afronta ahora un desafío distinto y quizá más complejo: volver a conquistar la mesa de los propios bolivianos.


