LA PAZ, 24 mar (El Libre Observador) — Bolivia ha recibido en menos de una semana un doble gesto de confianza de los mercados internacionales que, sin embargo, llega acompañado de advertencias. La agencia S&P Global Ratings elevó la calificación crediticia del país de CCC- a CCC+, sumándose al reciente ajuste de Moody’s, en un momento en que el Gobierno intenta recomponer el equilibrio de una economía tensionada.
La mejora, explican desde la calificadora, responde a medidas concretas adoptadas por la administración del presidente Rodrigo Paz, orientadas a corregir los desequilibrios acumulados en los últimos años. Entre ellas destacan la eliminación de subsidios a los combustibles —una decisión políticamente sensible— y la reactivación del acceso a financiamiento externo.
Pero el alivio es relativo. Aunque la nueva calificación introduce una señal menos adversa, Bolivia permanece en un nivel altamente especulativo, donde el margen de maniobra sigue siendo limitado y la confianza, volátil. El propio informe de S&P Global Ratings lo deja claro: la perspectiva estable refleja una mejora en el perfil de pagos de deuda, pero también reconoce debilidades persistentes en el frente fiscal, monetario y externo.
En este contexto, una de las decisiones más relevantes ha sido el canje de bonos en moneda extranjera por instrumentos en moneda local en manos del Banco Central, una operación que apunta a aliviar presiones inmediatas de liquidez. Es una solución técnica que gana tiempo, pero no resuelve de fondo los desequilibrios estructurales.

El hecho de que Moody’s haya elevado también la calificación —de Ca a Caa3— refuerza la idea de que Bolivia atraviesa un momento de inflexión. No se trata aún de una recuperación consolidada, sino de una transición en la percepción de riesgo: de un escenario cercano al impago hacia uno de alta vulnerabilidad, pero con señales de corrección.
Desde el Banco Mundial, la vicepresidenta Susana Cordeiro interpretó esta secuencia como una muestra de confianza en los primeros pasos del ajuste económico. Una lectura que, más que celebrar resultados, apunta a lo que está por venir: una segunda fase de reformas que deberá ser más profunda y sostenida.
Bolivia, en definitiva, se mueve en una delgada línea. Las recientes mejoras en su calificación crediticia ofrecen un respiro en medio de la presión financiera, pero no despejan las dudas de fondo. El reto ahora es convertir estas señales iniciales en un proceso creíble de estabilización, en un entorno internacional cada vez más exigente y menos dispuesto a conceder segundas oportunidades.

