LA PAZ, 9 abr (El Libre Observador) — Durante años, el tipo de cambio en Bolivia fue una certeza casi inmutable, una de esas variables que parecían ajenas al vaivén cotidiano. Pero esa estabilidad, sostenida a pulso por la política estatal, comienza a resquebrajarse en los márgenes. Este jueves, el dólar referencial publicado por el Banco Central de Bolivia alcanzó los 9,61 bolivianos para la venta, su nivel más alto desde que comenzó a difundirse en diciembre de 2025. No es solo un dato técnico sino es una señal.
Porque detrás de esa cifra se dibuja una economía que ya no cabe en un único precio. Mientras el tipo de cambio oficial se mantiene en 6,96 bolivianos, el referencial, construido a partir de operaciones reales del sistema financiero, avanza como un reflejo más fiel de la escasez de divisas y de la presión que se acumula en el mercado. Entre ambos valores se abre una brecha que, más que numérica, es política.
El dato adquiere mayor dimensión al superar incluso las cotizaciones observadas en Binance, una plataforma que, en contextos de incertidumbre, se ha convertido en termómetro informal del dólar en Bolivia. Allí, el precio ronda los 9,3 bolivianos. Que el tipo referencial lo sobrepase sugiere que la tensión ha dejado de ser periférica.

El indicador nació en diciembre con un valor de 9,32 bolivianos, en un intento del Banco Central por transparentar las condiciones reales del mercado sin abandonar el anclaje oficial. Desde entonces, su trayectoria ha sido ascendente. El anterior máximo —9,59 bolivianos— se había registrado apenas semanas atrás, el 20 de marzo. El nuevo salto, aunque leve en apariencia, confirma una tendencia persistente.
Pero los números, por sí solos, no explican el fenómeno. En los últimos días, el Gobierno ha dado señales de apertura en un terreno históricamente controlado. La flexibilización del uso de tarjetas de crédito y débito en el exterior, ahora vinculadas al tipo referencial, introduce un cambio silencioso: reconoce, en la práctica, que el acceso a divisas ya no responde al precio oficial.
“El efecto es doble”, explica el analista Mario Méndez. “Por un lado, se reactivan operaciones y se generan ingresos para la banca; pero, por otro, pueden aparecer riesgos de liquidez si las entidades no consiguen dólares al mismo tipo de cambio que están obligadas a procesar”.
La advertencia apunta a un equilibrio delicado. Si el sistema financiero debe operar con un dólar más caro del que oficialmente existe, la diferencia no desaparece: se traslada, se acumula o se transforma en presión. En ese contexto, el tipo referencial deja de ser una referencia y empieza a actuar como una guía.
El experto sostiene que el mercado ya comienza a ajustarse. El dólar paralelo —ese que circula fuera de los canales formales— tiende a acercarse al valor referencial, reduciendo la brecha que los separaba. “A medida que ingresen más recursos por financiamiento externo o por exportaciones, esa diferencia debería disminuir”, afirma. “La expectativa es que, eventualmente, los tipos de cambio se unifiquen”.
Pero esa convergencia no está garantizada. Depende de factores que Bolivia no controla del todo: el flujo de capitales, el comportamiento de las exportaciones, la confianza en la economía. En ausencia de esos elementos, el riesgo es otro: que la brecha deje de ser una anomalía y se convierta en norma.

