RÍO DE JANEIRO, 29 oct (El Libre Observador) — Río de Janeiro amaneció este martes bajo fuego. Helicópteros sobrevolando favelas, ráfagas de disparos en calles estrechas y un saldo de 64 muertos marcaron la jornada más sangrienta en años en la ciudad brasileña. El operativo policial, desplegado con 2.500 agentes, buscaba frenar la expansión del Comando Vermelho, la mayor organización criminal del estado, pero dejó tras de sí un paisaje de guerra urbana.
Las autoridades confirmaron que entre los fallecidos hay cuatro policías, mientras que el resto son miembros de bandas criminales, aunque no se ha ofrecido aún una lista oficial. “Se trata de una de las operaciones más complejas de los últimos tiempos”, declaró una fuente de la Secretaría de Seguridad de Río. “La prioridad es recuperar el control de zonas tomadas por el narcotráfico”.
El gobierno estatal justificó el operativo como una acción “para combatir la expansión territorial del Comando Vermelho”, una red que domina gran parte del comercio de drogas en las favelas y mantiene vínculos con facciones armadas en el norte y centro del país.
Una ciudad paralizada por el miedo
Durante más de 12 horas, el norte de Río fue escenario de tiroteos, incendios de vehículos y allanamientos. En las comunidades de Vila Cruzeiro, Alemão y Penha, epicentros del operativo, los vecinos se refugiaron en sus casas mientras se escuchaban ráfagas de fusiles. Comercios cerrados, transporte suspendido y escuelas clausuradas marcaron el pulso de una ciudad en estado de sitio.
“Parecía una guerra. Nadie podía salir. Solo se oían disparos y helicópteros”, relató a la AFP una residente de Vila Cruzeiro. Según la asamblea legislativa del estado, más de 200.000 personas resultaron afectadas por el cierre de escuelas, desvíos de autobuses y la suspensión de servicios sanitarios.
El gobernador Claudio Castro, aliado del expresidente Jair Bolsonaro, aseguró que la fuerza pública “actuó con determinación frente al narcoterrorismo” y mostró en redes sociales un video de un dron lanzando un proyectil desde el aire. “Es así como la policía de Río es recibida por los criminales: con bombas lanzadas por drones. No es crimen común, es narcoterrorismo”, escribió.

El operativo más letal en décadas
El despliegue incluyó 32 vehículos blindados, dos helicópteros y varios drones. Según datos oficiales, 81 personas fueron detenidas y se incautaron 42 fusiles junto a una “gran cantidad de droga”. Sin embargo, organizaciones de derechos humanos cuestionaron el alto costo humano de la operación y denunciaron la falta de transparencia en la identificación de las víctimas.
La intervención supera en número de muertos a la masacre de Jacarezinho en 2021, ocurrida en plena pandemia de COVID-19, cuando 28 personas murieron en un solo día durante una redada similar. En lo que va de 2024, cerca de 700 personas han fallecido en operaciones policiales en el estado de Río, casi dos por día, según el Instituto de Seguridad Pública.
“Las favelas de Río se han convertido nuevamente en escenarios de guerra y barbarie”, denunció la diputada Dani Monteiro, presidenta de la Comisión de Derechos Humanos de la Asamblea Legislativa, quien exigió explicaciones al Ejecutivo estatal.

Viejas heridas, nuevas tácticas
En 2020, el Supremo Tribunal Federal impuso restricciones a los operativos en zonas densamente pobladas, limitando el uso de helicópteros y la entrada de tropas cerca de escuelas y hospitales. Sin embargo, esas medidas fueron levantadas este año, abriendo la puerta a un nuevo ciclo de incursiones masivas.
Expertos en seguridad advierten que estas estrategias, lejos de debilitar a las facciones criminales, suelen reforzar su control territorial y alimentar el resentimiento social. “Cada operativo deja muertos, pero el poder del Comando Vermelho sigue intacto”, explica el analista político y excomisario José Cláudio Alves. “Sin una política social y de inteligencia sostenida, esto solo perpetúa el ciclo de violencia”.
Mientras tanto, Río de Janeiro intenta recuperar la calma tras un día de caos. En las favelas donde se libró la operación, los vecinos aún evitan salir de casa. Los ecos de las balas se han silenciado, pero el miedo sigue en el aire.
El gobierno de Castro prometió mantener a los batallones “en estado de alerta ante posibles represalias”. En las calles, sin embargo, muchos brasileños temen que el operativo sea solo otro capítulo más en una guerra sin final: la del Estado contra su propio laberinto de violencia.


