LA PAZ, 9 sep (El Libre Observador) – En un continente donde Machu Picchu, el Salar de Uyuni, las playas de Río de Janeiro o los glaciares de la Patagonia compiten por la atención mundial, Bolivia intenta dar un salto cualitativo en su política turística. El gobierno ha lanzado un plan para certificar 200 destinos a nivel nacional, con el objetivo de ofrecer al visitante una experiencia que combine calidad, sostenibilidad e identidad cultural. La meta es clara: dejar de ser un actor secundario en la región y comenzar a jugar en la liga de los grandes.
El director de la iniciativa Conoce Bolivia, Luis Saucedo, explicó con una metáfora sencilla. “Para muchos destinos turísticos, esta certificación es un certificado de nacimiento”. Se trata, dijo, de dotar de visibilidad y respaldo oficial a lugares que hasta ahora sobrevivían más por el boca a boca que por una política turística estructurada.
La propuesta se enmarca en la agenda del Bicentenario de 2025 y pretende ofrecer al visitante extranjero una red de sitios confiables, bien preparados y con servicios acordes a estándares internacionales.
La certificación se desarrolla en dos etapas: primero 70 destinos, luego otros 130. No se trata solo de paisajes espectaculares —que Bolivia tiene de sobra, desde el altiplano hasta la Amazonía— sino de un compromiso institucional para garantizar condiciones logísticas, seguridad y hospitalidad. El país quiere competir no solo con la belleza natural, sino también con profesionalización y previsibilidad.

Un desafío frente a los vecinos
El reto es inmenso. Perú se consolidó hace décadas como potencia turística gracias a Machu Picchu, pero también con una oferta gastronómica reconocida mundialmente. Chile, con el desierto de Atacama y la Patagonia, ha apostado fuerte por el turismo de naturaleza y aventura. Brasil, por su parte, sigue siendo un gigante con sus playas, carnaval y selvas amazónicas.
Bolivia, en cambio, ha oscilado históricamente entre la promesa y la oportunidad perdida. El Salar de Uyuni es una maravilla planetaria, pero aún sufre problemas de acceso, infraestructura y promoción internacional. El Lago Titicaca comparte su brillo con Perú, mientras que ciudades coloniales como Sucre o Potosí suelen quedar a la sombra de destinos vecinos más publicitados. Las Misiones Jesuíticas de la Chiquitania son un conjunto de pueblos coloniales fundados por misioneros jesuitas en el departamento de Santa Cruz, Bolivia, con el objetivo de evangelizar a los pueblos indígenas, principalmente a los chiquitanos, es otro destino que llama la atención del turismo internacional.
Por eso, la certificación de 200 destinos busca proyectar una imagen distinta: la de un país que ofrece experiencias auténticas, menos masificadas y más vinculadas a la cultura viva.
La apuesta por la “industria sin chimeneas”
El gobierno insiste en que el turismo debe convertirse en un motor económico alternativo a los recursos naturales. En 2024, Bolivia recibió a 984.000 turistas internacionales, que dejaron ingresos por 736 millones de dólares. A escala regional, la cifra sigue siendo modesta: Perú superó los 3,5 millones de visitantes en el mismo periodo, y Chile los 4,4 millones.
El margen de crecimiento es evidente. Con una población diversa, 36 pueblos indígenas reconocidos en la Constitución y paisajes que van desde los 6.000 metros nevados hasta las llanuras chaqueñas, Bolivia ofrece un mosaico singular que busca diferenciarse en el mercado global. “Bolivia se caracteriza por su riqueza en diversidad cultural, por su vocación turística natural y ancestral”, dijo Saucedo, destacando el potencial de combinar naturaleza, historia y tradiciones.

Entre la aspiración y la realidad
La pregunta es si la certificación logrará resolver los problemas estructurales que han limitado al turismo boliviano: la conectividad aérea, la falta de inversión privada sostenida, la inestabilidad política y la percepción internacional de inseguridad.
En el sector, sin embargo, prevalece un optimismo cauteloso. Los operadores turísticos destacan que cada vez más viajeros buscan experiencias menos masivas y más auténticas, justo el terreno en el que Bolivia podría tener ventaja. El país se presenta como un destino donde la cultura no es un espectáculo preparado para turistas, sino parte de la vida cotidiana.
El Bicentenario ofrece un marco simbólico poderoso para impulsar esa narrativa. Al certificar destinos, Bolivia no solo busca atraer visitantes, sino también fortalecer su autoestima colectiva y proyectar al mundo una identidad que ha estado demasiado tiempo en la penumbra de sus vecinos.
En palabras de un guía turístico en Sucre: “Perú tiene Machu Picchu, Chile tiene Atacama, Brasil tiene Río. Nosotros tenemos un país entero que todavía no se ha contado al mundo como merece. Tal vez este sea el inicio”.


