LA PAZ, 9 sep (El Libre Observador) – En un rincón de los Andes, Bolivia conmemoró este martes el Día Mundial de la Agricultura con un anuncio que sorprendió incluso a los más escépticos: un crecimiento del 21% en su producción agrícola respecto al año pasado. El dato, que a primera vista parece un triunfo técnico, cobra otra dimensión en un continente marcado por la incertidumbre climática, la inseguridad alimentaria y la presión creciente de los mercados globales.
“Este año podemos asegurar que no va a faltar alimento en las mesas de las familias bolivianas”, dijo el ministro de Desarrollo Rural, Yamil Flores, en Santa Cruz, el corazón agroindustrial del país. La declaración busca transmitir calma y optimismo en un contexto regional en el que fenómenos como El Niño, las sequías prolongadas en Brasil y Argentina, y las heladas en Perú han puesto a prueba la resiliencia de la agricultura latinoamericana.
Los números que exhibe Bolivia reflejan avances concretos: aumentos en cultivos clave como arroz, maíz, soya y trigo, con incrementos de entre 15% y 23% en hortalizas como papa, tomate, cebolla y zanahoria. No es menor en un país donde el precio de los alimentos determina gran parte de la estabilidad social y donde el recuerdo de las crisis de abastecimiento todavía pesa en la memoria colectiva.
Pero el festejo no oculta las sombras. El mismo Gobierno admite que el éxito depende en buena medida del acceso a diésel subsidiado para maquinaria agrícola, un recurso escaso que genera tensiones en la balanza de pagos y abre el debate sobre la sostenibilidad del modelo. A ello se suma la vulnerabilidad climática: Bolivia figura entre los países más expuestos a los efectos del cambio climático en la región, con patrones de lluvia cada vez más erráticos y una creciente presión sobre sus ecosistemas.
El dilema boliviano es compartido por toda América Latina. El continente es uno de los principales proveedores de alimentos del planeta, pero también uno de los más desiguales en acceso a ellos. Mientras que Brasil y Argentina exportan millones de toneladas de soya y carne, millones de familias en países como Haití, Guatemala o Venezuela sufren inseguridad alimentaria crónica. El contraste entre abundancia y escasez se agudiza con cada temporada climática adversa.

La Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) ha advertido que la región deberá aumentar la resiliencia de sus sistemas agrícolas si quiere evitar que la inseguridad alimentaria se convierta en una crisis estructural.
En ese sentido, el crecimiento del agro boliviano se presenta como un pequeño respiro, aunque los especialistas advierten que no basta con producir más: hay que producir mejor, con prácticas sostenibles, menos dependientes de combustibles fósiles y capaces de resistir eventos climáticos extremos.
La paradoja está servida: Bolivia celebra la abundancia en medio de una región que sufre las tensiones del hambre y del clima. El dato del 21% no es solo una cifra para las estadísticas oficiales; es también un recordatorio de que en América Latina el futuro de la democracia y la paz social depende, en gran medida, de lo que ocurra en los campos de cultivo.


